Campanadas

En el cuarto contiguo, un leve ruido puso enseguida en tensión a Marta. Miró a través de la puerta entreabierta, y la poca luz que se filtraba le devolvió la familiar silueta de su hija Elena. Su coleta rubia, siempre pulcra, caía desmañadamente por encima de la gruesa manta que la tapaba. Su madre le lanzó un pequeño y silencioso beso y cerró de nuevo la puerta.

Se encerró en su dormitorio, dispuesta a encender un último cigarrillo antes de ir a dormir. Era tarde, pero no le importaba. Por la mañana, después de llevar a la niña al colegio, tendría tiempo de recuperar el sueño perdido. Con ese pensamiento, paladeó el humo áspero del cigarro. Sintió la tentación de toser, pero se reprimió para no hacer ruido.

Mientras apuraba la nicotina, recorrió de arriba abajo su reflejo menudo, preguntándose por qué los hombres pasaban de largo al verlo. Las manos, que en ese momento estaban rodeando su pecho, se deslizaron suavemente por los botones de la camisa arrugada, dejando al descubierto un busto pequeño y firme. La visión de su cuerpo semidesnudo, despreciado pocas horas antes de una forma tan necia, tenso por un placer olvidado, le hizo continuar con la exploración de esos rincones que un hombre calvo y barrigón había desaprovechado.

Como si le estuviese recriminando mentalmente esa imperdonable falta, dejó que su mano izquierda descendiese con suavidad por el vientre hasta la falda, siguiendo el recorrido ebria de expectación y viendo su imagen transmutada. Un escalofrío de placer recorrió su espalda mientras esa mano penetraba lentamente por entre la ropa, y se dejó caer en la cama para atraparlo en toda su intensidad.

Se sorprendió de la enorme destreza de sus dedos, que exploraban de memoria rincones que ella había olvidado y que ninguno de sus clientes era capaz de encontrar. Fuera de la habitación, el silencio seguía siendo total, y el miedo a romperlo le impidió gritar cuando sus muslos se contrajeron por el placer.

Permaneció así durante un minuto, quizá dos, con la espalda arqueada y los tacones hincándose en el colchón. La visión de las rodillas completamente dobladas y los tobillos separados fue la última que tuvo antes de abandonarse. Tras unos minutos de extenuada lasitud, se levantó con paso vacilante, aturdida por la intensidad del momento y mecida por el suave rubor del placer consumado en obligado silencio. Se quitó las botas para no hacer ruido, y con el paso tembloroso por el intenso esfuerzo físico se asomó a la puerta de la habitación de Elena. La niña seguía durmiendo en la misma posición de antes.

Ella respiró confortada, y se dio cuenta en ese instante de que tenía la camisa desabrochada. Se puso la mano delante, más por instinto que por pudor, y volvió a cerrar. El campanario de la iglesia cercana dio la media hora, mientras Marta se recluía en su habitación.

Pedro Torres

PEDRO TORRES

Escritor especializado en microrrelatos e historias de pequeño formato.

Colabora en Kenaria en las secciones “Microrrelatos” y “La herida vertical”.

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