Un suelo lleno de agua

Fue al cuarto de baño, dispuesta a darse una ducha, y dejó que el agua manase en abundancia para borrar las preocupaciones mientras buscaba el modo de conseguir que su hija saliese del decaimiento en el que estaba. Mientras dejaba que el jabón acariciase su piel cansada, notó sobre sus hombros el tacto firme y cálido de las manos de Noel, recorriendo con solemne cuidado cada poro que hallaba. Estaba deshecha por la falta de sueño pero, aún así, no ofreció resistencia. A pesar de que no experimentaba la menor sensación de amor le dejó hacer, sabiendo que nunca lograría llegar más allá de la superficie y que cualquier vínculo entre ellos estaba roto desde hacía tiempo.

Sus pechos se endurecieron al sentir los dedos de Noel. Era una caricia poderosa, y dejó caer suavemente la cabeza hacia atrás. El cansancio le confería al placer naciente un carácter distinto, muy cercano a la ensoñación. El agua que manaba de la ducha mantenía sus ojos cerrados, pero no precisaba abrirlos para ver a Noel. Los años juntos y la experiencia que le había dado la calle eran más que suficientes para imaginar sus pupilas abiertas al máximo por el deseo.

De repente, la sensación de la ducha empapando su cuerpo cesó. Abrió los ojos buscando el grifo, pero éste comenzó a girar hasta que el rostro encendido de Noel ocupó todo su campo visual. Todo lo que vino a continuación se sucedió a velocidad de vértigo: sus labios besando sin ningún pudor el cuello menudo; la ropa de él, completamente empapada; el abrazo firme y apasionado. Y, a la vez, el frío el desapego con que ella le recibió, tan parecido al de otros tiempos, cuando el sexo era una obligación y no un regalo concedido a voluntad.

El sabor agridulce del momento después fue tan igual a tantos otros que había vivido. Y también lo fue la soledad. Esa extraña compañera ganada a pulso durante tantos años. Una amante siempre fiel que le besaba con labios helados y respondía a sus ruegos con una caricia indiferente, pero nunca la abandonaba. El cuarto de baño quedó en calma al irse Noel. Sus manos seguían recorriendo su cuerpo y aún guardaba el sabor de su boca, pero no había nada más en su interior. Ni amor; ni odio; ni siquiera indiferencia.

Sólo el fastidio al ver el suelo lleno de agua.

Pedro Torres

PEDRO TORRES

Escritor especializado en microrrelatos e historias de pequeño formato.

Colabora en Kenaria en las secciones “Microrrelatos” y “La herida vertical”.

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