After midnight

Cuando Alessia despertó, lo primero que vio fue su ropa interior tapizando la lámpara de la mesilla de noche. En el suelo, una camiseta negra que no recordaba haber comprado y un par de botas de piel negra con unos talones de vértigo que no creía haber calzado nunca.

Haciendo un esfuerzo para vencer el vértigo de su cabeza, giró el cuello un cuarto de vuelta y, entre las brumas de algo que tenía toda la pinta de una gran resaca, vio algo que le confirmó que no estaba sola. Bajo una maraña de ropa y oculta entre los pliegues del nórdico, dormía su amiga Norma. Algo más allá, los tejanos y los zapatos preferidos de Alessia se apilaban bajo la puerta del armario.

Justo en ese momento, Norma se agitó ligeramente y abrió los ojos. Estiró los brazos y miró a Alessia con una expresión que ésta no supo si atribuir a un sueño más agradable de lo habitual o a otra cosa.

– Hola – saludó Norma, con el mismo timbre de voz que un niño adormilado.

– ¿Qué haces aquí? – le preguntó Alessia, sin saber si mostrar sorpresa, miedo o perplejidad.

– ¿Cómo que qué hago aquí? ¿Por qué me preguntas eso?

– Porque estás en mi cama. Y porque estás desnuda.

La cara de Norma se contrajo en un rictus extraño, pero la respuesta de Alessia no parecía ser la causa. O al menos, no la causa directa.

– ¿No recuerdas nada de lo que pasó anoche? – preguntó.

Alessia negó con la cabeza, pero al segundo giro, todo su rostro se contrajo en una mueca de dolor. Una cosa sí está clara, dijo. Bebí demasiado.

– ¿Tanto como para no acordarte de nada? ¿Pero de nada, nada?

– Bueno, nada no. Sé que anoche estuvimos cenando en el restaurante al lado de donde vive Kim, y que luego vinimos aquí para seguir con la despedida, pero… ya está, ahí se corta todo.

– ¿Te acuerdas del boy que vino?

– No.

– ¡¿No?! Pero si era de lo más cool. Imagínate un yogurín vestido de bombero bailando en el comedor. ¿No te viene nada a la memoria?

– No. Lo siento, pero no.

En ese momento, se oyó un silbido en la mesita del lado de Norma. Era su móvil, que interrumpía para decir que alguien acababa de enviar un mensaje. Por puro instinto, Norma alargó la mano para cogerlo y, durante un momento, la conversación quedó en suspenso. Alessia estaba a punto de recriminárselo cuando Norma levantó la vista de la pantalla:

– ¿Seguro que no te acuerdas de nada más? – preguntó.

– Ya te he dicho que no. ¿Se puede saber qué es tan importante en el móvil para que me dejes con la palabra en la boca?

– Ten – le dijo, alargándole el aparato -. Míralo tú misma.

Cuando Alessia vio la pantalla, la cabeza empezó a darle vueltas.

– ¿Qué es esto, Norma? – preguntó, con un hilo de voz.

– Eso – contestó Norma, señalando el móvil – pasó anoche.

Alessia siguió mirando el aparato, incapaz de decir una sola palabra. La imagen que tenía delante de los ojos era más que elocuente. Por pura inercia, deslizó el dedo por el vidrio y vio una, dos, tres, cinco, diez imágenes, todas con la misma temática. Las mismas protagonistas.

Alessia y Norma.

Alessia levantó la vista de la pantalla. Los tejanos eran los que ella misma llevaba anoche; reconoció la mancha de vino que se hizo durante la cena. La camiseta negra, el uniforme de batalla de sus amigas para su despedida de soltera. Las botas, el modelo de Michael Kors que Norma se había comprado con su último sueldo.

– No pasó nada más, ¿verdad que no, Norma? – suplicó Alessia, sin atreverse a mirarla.

– ¿Qué quieres que te conteste? ¿Te digo que no, o prefieres la verdad?

– Yo no recuerdo nada, Norma. Así que igual no pasó nada más.

– ¿De verdad lo crees?

Alessia miró de nuevo alrededor. Nadie que entrase en ese momento lo creería.

Mientras ella seguía mirando el caos de la habitación, Norma se levantó de la cama, dejando ver su cuerpo totalmente desnudo. Alessia la vio recoger con calma la ropa esparcida por el suelo y vestirse de espaldas a ella. Finalmente, Norma rodeó la cama y se inclinó hasta dejar su cara a menos de un palmo de la de Alessia, dejando que ésta sintiese su mirada azul cielo y su perfume de Yves Saint-Laurent.

– Da igual que no me creas – le dijo -. Yo sé lo que pasó anoche, y nadie me va a quitar ese recuerdo. Cuando quieras que lo comparta contigo, sólo tienes que pedirlo.

Y, tras decir esto, se irguió y salió de la habitación, dejando que el sonido de los tacones de Michael Kors llenase el espacio.

 

Pedro Torres

PEDRO TORRES

Escritor especializado en microrrelatos e historias de pequeño formato.

Colabora en Kenaria en las secciones “Microrrelatos” y “La herida vertical”.

You may also like...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

A %d blogueros les gusta esto: