Anatomía de un converso

En Catalunya, cuando algo tarda (o presumimos que tardará) mucho tiempo en lograrse, se suele decir que durará más que la Sagrada Familia, en alusión al templo de Gaudí recientemente consagrado como basílica. No en vano, su construcción se inició allá por el año 1882, y si bien el primer arquitecto del templo fue Francisco de Paula del Villar, casi de inmediato le fue traspasada a él la responsabilidad.


Como particularidad, hay que decir que es un templo expiatorio, es decir, se ha financiado a partir de los donativos de personas anónimas (y, en los últimos tiempos, gracias al turismo que paga por ver la última catedral moderna). Consciente de la enormidad de la tarea, Gaudí se empeñó a lo largo de los años que vivió en conseguir cuando menos finalizar una de las tres fachadas principales (en concreto, la del Nacimiento). Estaba convencido de que esa era la única manera de obligar a los promotores a seguir adelante y, quizás un día, terminar el edificio. Cierto es que todas las generaciones posteriores de barceloneses han mirado con condescendencia, por no decir con burlona resignación, semejante empeño. De ahí el dicho con el que encabezaba el artículo.
Viene todo esto a cuento porque hace unos días, precisamente preparando este boletín, encontré un artículo publicado en El País el 4 de enero en el que Oscar Tusquets, uno de los arquitectos actuales más conocidos, entona un mea culpa con respecto a su enconada lucha de juventud contra la continuación del templo. Desde niño he escuchado comentarios de todo tipo sobre el particular, y quienes los sostenían argumentaban, por otra parte con mucha lógica, que se estaba traicionando el espíritu original de la obra. Se argumentaba que se había dejado de utilizar la piedra arenisca de Montjuïc (agotada en los años 60) y se había sustituido por el proletario hormigón, que la fachada de la Pasión era un desastre no figurativo, y un largo etcétera. Tusquets deja constancia, no de su conversión porque eso quizá es excesivo, pero sí de su matización, no sin antes poner los puntos sobre las íes en lo referente a los detalles. En lo substancial, sin embargo, se muestra rotundo; el título de su artículo, ¿cómo pudimos equivocarnos tanto?, es un excelente resumen.
Del artículo de Tusquets me interesa especialmente una frase que define mejor que ninguna otra el verdadero motivo de tan agria polémica: la objeción de más peso contra la continuación del Templo siempre ha sido que no sabíamos cómo lo habría hecho Gaudí . Y aquí es donde ha radicado siempre el problema: en pretender hacer las cosas exactamente del mismo modo en que uno piensa que las habría hecho el maestro.
No podemos negar que el argumento es perverso: hablamos de un templo que lleva casi 130 años en construcción, y todos sabemos lo que puede pasar en un lapso de tiempo tan grande. Arquitectónicamente hablando, y reduciendo mucho la lista, hemos pasado por el Modernismo, las vanguardias de la I Guerra Mundial, el Expresionismo alemán, el racionalismo de la Bauhaus y Le Corbusier, el posmodernismo, el brutalismo, el high-tech de los años 60 de Archigram y Five Architects y ahora estamos inmersos en una corriente minimalista que a buen seguro pronto será engullida por otros estilos. Decidir, de manera unilateral, que alguien como Gaudí seguiría haciendo las cosas exactamente igual hoy que hace ciento treinta años, es como mínimo osado.
Y de hecho es lo más normal; si se mira con un poco de detalle la obra de cualquiera de los grandes arquitectos del último siglo, se verá que los conceptos que manejan son siempre los mismos, mientras que lo que varía es la forma. Trasladando el razonamiento a la obra de Gaudí, se puede ver por ejemplo que La Pedrera se inspiró en el mar rompiendo contra la orilla (sorprende porque la ciudad la ha identificado de otra manera por su fachada, pero el interior del edificio responde perfectamente a esa idea). Y en la Sagrada Familia, el gran concepto creador es el de un bosque. Geométrico, de acuerdo; desprovisto de alma, dirán muchos; kitsch, he podido leer en alguna parte. No es Gaudí, dicen. No lo es, de acuerdo, pero todos olvidan algo muy importante: han pasado 130 años desde que comenzaron las obras. Gaudí no era el arquitecto inicialmente previsto, y la cripta es una buena muestra de ello. Y la fachada del Nacimiento, la única plenamente suya, es bastante más figurativa de lo que uno podría pensar para ser de Gaudí.
Mientras voy escribiendo, me he acordado de la primera visita que hice al templo, hará unos veinte años. Era un adolescente, y recuerdo que lo que había no era más que la fachada del Nacimiento, la de la Pasión y el ábside. Reconozco que en su momento la fachada de Subirachs me pareció pobre en comparación con la de Gaudí, pero también tengo que decir que el ábside no se diferencia prácticamente en nada del de cualquier otra catedral del mundo cristiano. Dentro, no había nada: únicamente mucho polvo y dos fachadas interiores sin vida. Hace aproximadamente cuatro años, volví al templo, pero esta vez con mi actual pareja y su hija. El cambio fue radical; los avances informáticos y la recuperación de diversos fragmentos de maquetas originales permitieron avanzar de una manera impensable, y ya el bosque se dejaba ver. Y el pasado mes de septiembre, por fin, pudimos ver el majestuoso resultado final. Más allá de la espectacularidad, de los toques kitsch, y por supuesto de la indefinición del perímetro interior, que espero que se solucione conforme las obras sigan avanzando, me gustaría hacer algunas puntualizaciones sobre la falta de espíritu gaudiniano que alegan algunos críticos del templo finalmente acabado.


Estamos de acuerdo en que la fachada de la Pasión no es tan espectacular como la del Nacimiento; sin embargo, a quien me dice que no ve nada del maestro en ella siempre le hago notar que los cascos de los soldados romanos que azotan a Cristo son exactamente iguales que las chimeneas de ventilación de la Pedrera, que sí es inequívocamente gaudiniana. Sigo: los pilares que semejan huesos son escandalosamente parecidos a los de la entrada de la cripta de la colonia Güell, otro edificio nada dudoso de ser del maestro (y que por cierto fue objeto de una masacre arquitectónica hace unos años, esta sí de unánime veredicto en la profesión). Y, por si alguien no ha pasado por el museo que se esconde bajo el templo, le recomiendo que lo haga. Verá que la naturaleza está tan presente en la basílica como puede estarlo en cualquier otra obra del maestro. Tusquets ya lo reconoce en su artículo: cansado de que su obra no se llevase a cabo de manera escrupulosa, decidió incorporar una rigurosa geometría en todos los elementos, contradiciendo a los (muchos) románticos que siguen viendo en Gaudí a un genial improvisador que creaba por inspiración divina y que era capaz de resolver de un plumazo cualquier problema que se le presentase, cuando la realidad es que, al igual que todos los que compartimos esta profesión, no dejaba nada al azar, y cada decisión constructiva estaba plenamente fundamentada en rigurosos cálculos geométricos, como lo prueban sus maquetas invertidas a escala real con pequeños sacos simulando las cargas del edificio o la adopción del arco parabólico, no porque fuese bello, sino porque es el que mejor transmite las cargas al terreno. Esto le permitió ahorrarse los pesados y voluminosos contrafuertes de las catedrales góticas, que no están ahí para rematar ninguna composición, sino para evitar que los arcos de la nave central se abran y el edificio se hunda, y a mí me permitió presumir de conocimientos delante de la hija de mi pareja, que acaba de convertirse en ingeniero técnico de obras públicas. La buhardilla de la Pedrera sigue este mismo esquema de arcos parabólicos, y es por eso que unas simples rasillas de cerámica pueden darle forma a esa parte del edificio; el resto es sensibilidad y genio para aprovechar la geometría y sus virtudes.


Llámenme poco romántico si quieren; probablemente lo sea. Me gusta pensar más bien que soy pragmático, y que es imposible seguir exactamente el mismo camino que otro ha empezado. Sobre todo, si caminando pasan nada menos que ciento treinta años.

 

SIMÓN CASAS

Fundador del sitio web Kenaria, donde comparte su experiencia como escritor y ayuda a otras personas a dar forma a sus historias. Su último libro, co-escrito con el coach financiero Israel Pardo, se titula “Gana el juego del dinero”.

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