Arquitectos mileuristas. 1ª parte: el ‘falso autónomo’

Inicio con este post una breve serie dedicada a la situación laboral del colectivo profesional del que formo parte desde hace una década. Me refiero a los arquitectos, en otro tiempo grandes estrellas mediáticas y ahora, tras el final de la burbuja inmobiliaria, grandes olvidados de casi todo el mundo.

Comenzaré dando algunos datos para situar el lector: Según las estadísticas de finales del 2011, en España existían unos 42.000 arquitectos. Para un país en el que están censados algo más de 47 millones de personas, esto equivale a una tasa de 0,89 arquitectos por cada mil habitantes. No son pocos, desde luego.

¿Hay trabajo para todos ellos? Veamos: en los nueve primeros meses de 2011, se visaron en España aproximadamente 55.000 viviendas nuevas, frente a las 64.000 del año 2010 y las más de 492.000 del 2007, el último año de locura inmobiliaria. En 2006, este número de viviendas llegó casi a 750.000. Esto quiere decir que, en 2006, un arquitecto podría visar, como promedio, casi 18 viviendas, mientras que, en 2011, menos de una vivienda y media.

Los números son claros. Y la realidad del arquitecto de finales de 2011 es dura: hay poco trabajo y mucha gente desesperada por encontrarlo, sobre todo profesionales jóvenes, de cuarenta años o menos, que no han conocido otra época que la de la burbuja y únicamente se han dejado los ojos proyectando viviendas iguales unas a otras como posesos. Profesionales excelentemente preparados, muchos de ellos con una cartera de proyectos gestionados enorme, pero que se han visto expulsados sin la menor piedad del sistema porque, sencillamente, ya no queda madera para quemar. Como Groucho Marx en el Oeste, hemos quemado el tren para alimentar la locomotora.

Delineantes de lujo con obligaciones de asalariado y precariedad de autónomo

De hecho, la situación de la mayor parte de los arquitectos españoles, en especial de los más jóvenes, ya era dura en la época de la burbuja, aunque la abundancia de proyectos y de dinero en circulación enmascaraba la verdad. ¿Y cuál es esa verdad? En el sector se le conoce como el falso autónomo, una figura endémica y muy localizada en el tiempo que ha servido para sacar adelante multitud de proyectos y de obras en un tiempo récord y con unos costes laborales muy inferiores a los estándares.

Pero, ¿qué es el falso autónomo? Pues un arquitecto, generalmente recién titulado, que trabaja para otro arquitecto que firma el proyecto y asume la responsabilidad legal, y que por ello también se lleva la mayor parte de los beneficios. El acuerdo de trabajo suele ser verbal y de forma periódica, generalmente mensual, el arquitecto novato emite una factura por las tareas realizadas como si fuese un profesional externo, unas tareas que se suelen valorar a partir del número de horas empleadas en el período facturado.

Esta factura, como cualquier otra que podamos encontrar, contiene los datos de uno y otro, los conceptos por los que se emite, el IVA correspondiente y la retención por IRPF. Exactamente como si usted le encargase una vivienda a un pequeño constructor. De esta manera, la relación aparente entre arquitecto empleador y arquitecto empleado tiene todo el aspecto de una relación mercantil; de profesional a profesional, yo te contrato, tú me haces un trabajo y yo te pago lo que hemos estipulado. Tú en tu casa y yo en la mía. Hasta aquí, todo parece de lo más normal.

Sin embargo, el día a día en buena parte de los despachos de arquitectura era algo diferente. Lo más habitual era que el falso autónomo tuviese una mesa fija, un ordenador para su uso exclusivo, un horario constante, dirección de correo electrónico propia, tarjetas de empresa… Nada que ver con el profesional externo que trabaja por su cuenta a petición de un colega y al que sólo ve en contados momentos para comprobar que el trabajo marcha sobre lo pactado y, por supuesto, para presentar la pertinente factura por los servicios prestados.

A efectos prácticos, el arquitecto que trabaja bajo esta fórmula tiene las mismas obligaciones que un asalariado, porque compartir el mismo espacio físico que el empleador lo convierte, de facto, en su jefe. En cambio, el arquitecto así empleado carece de las ventajas del asalariado. Tiene plena libertad para entrar y salir de la oficina, pero eso se convierte en un problema cuando el trabajo se acumula; el asalariado tiene un horario estipulado por contrato y, cuando llega su hora, puede irse de la oficina esté hecho o no el trabajo; el falso autónomo no tiene autoridad moral para irse cuando un proyecto está a medio terminar.

Otra de las desventajas es que, mientras cualquier asalariado tiene dos pagas extras a lo largo del año, o bien puede cobrarlas mediante un prorrateo en las nóminas; el falso autónomo, al no tener un contrato laboral al uso, no puede reclamar este derecho. Para el trabajador por cuenta ajena, la ley reserva dos días y medio de vacaciones pagadas por mes trabajado; al cabo de un año, esto se traduce en el famoso mes de vacaciones; a un falso autónomo, esto le suena literalmente a chino.

Si a un contable o a un cajero de supermercado le echan a la calle, puede confiar en que, mientras encuentra otro trabajo, el Estado le pagará un subsidio de paro con parte del dinero que se le ha detraído mensualmente de la nómina; ahora menos con la reforma laboral, de acuerdo, pero el falso autónomo se va con una mano delante y otra detrás; y espabílate.

Respecto de la jubilación o el seguro médico, aun a pesar de la crisis un auxiliar administrativo puede estar relativamente tranquilo, porque una parte de su sueldo va a pagar ambas cosas; el arquitecto que ha estado trabajando como falso autónomo tiene que costear de su bolsillo un plan de pensiones privado y un seguro médico para cuando vengan mal dadas; y no abundan los empleadores que se avienen a costear ese gasto, aunque sea en parte.

Son muchos, en fin, los inconvenientes que sufre un arquitecto que trabaja para otro en estas condiciones. Para el asalariado, que generalmente no ve el importe de las facturas, es una bicoca poder hacer todas las horas del mundo (algo que un asalariado tiene prohibido por ley desde hace muchos años), salir del despacho para ir a controlar obras mientras toma el sol, tomarse un día libre cuando le venga en gana y cobrar un dineral a final de mes.

Esto último sería fantástico si fuese cierto. Lamentablemente, la realidad para un arquitecto recién titulado es bastante diferente. Y, como es bastante larga de explicar, hablaré de ella en el próximo post.

 

SIMÓN CASAS

Fundador del sitio web Kenaria, donde comparte su experiencia como escritor y ayuda a otras personas a dar forma a sus historias. Su último libro, co-escrito con el coach financiero Israel Pardo, se titula “Gana el juego del dinero”.

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7 Responses

  1. Havva Kanbur Caballero dice:

    Perfecto ¡ Casi todos los sectores se critican y analisan lo que teniamos antes y que hace falta para corregir y reconstruir ¡¡¡

  2. gekko dice:

    conoce Ud el estatuto del TRADES?, Trabajador Autonomo Economicamente Dependiente. Sugiero se informe al respecto.

    Un saludo

    • westroom dice:

      Lo conozco, y tengo que decir que cuando salió muchos respiramos porque parecía que, al fin, se iba a hacer algo.
      Por desgracia, es una medida que llegó tarde, ya con la crisis encima. La ley TRADE pretendía lograr que los ‘falsos autónomos’ que facturasen al menos el 75% de sus ingresos a un mismo cliente fuesen contratados como asalariados, precisamente porque se sabía lo que estaba pasando.
      Por desgracia, la ley llegó en un momento en que no sólo no había voluntad de regularizar nada, sino que ya se empezaba a echar a gente.

  3. Carol dice:

    Me veo plenamente reflejada en este post, tanto en la epoca de falso autónomo como en lo referente al TRADE. Esta ley no resuelve nada, al empresario le haces un favor acogiendote a ese sistema, dado que se ahorra una pasta, y solo tiene la ventaja de que “hipoteticamente” tienes derecho a vacaciones.

  4. Agustín dice:

    No se qué pasaría en el resto del estado, pero los falsos autónomos en el país vasco eran una figura que podían denunciar su estado y irregular y en caso de “despido” podían hacer valer sus derechos como trabajador por cuenta ajena, teniendo derecho a paro y la indemnización de despido improcedente 45 días.
    Esto ya se podía hacer antes de la crisis, y ahora también puesto que conozco un caso muy cercano.
    Por otro lado el personaje que te tenía en esas condiciones le era multado por esta irregularidad y obligado a pagar a la seguridad social lo que se había embolsado.

    Si tenéis ese problema ir directamente a magistratura de trabajo, que creó que tenéis las de ganar.

  5. Matthew dice:

    LLego tarde a este post pero dejaré igualmente un comentario. Mi situación es muy parecida a la que aquí se describe. Después de 10, durante los cuales colaboré con tres diferentes despachos, ante la escasez de encargos, me despidieron en el octubre 2010. Ninguno de ellos, tanto al principio, como cuando ya tenía encargos de responsabilidad los respectivos jefes me quisieron contratar. Podríamos mal pensar que quizás no lo merecía, pero siento poder afirmar que los resultados que obtuve fueron seguramente satisfactorios para todos. Debido a la TRADE, los jefes contrataron solo mitad de los empleados, según un criterio arbitrario de antigüedad en la empresa. Hasta entonces, los aprox. 40 colaboradores, menos los estudiantes con convenio, estabamos en la situación de “falsos autónomos”. Antes de marcharme intenté pactar con los jefes una indemnización por el despido; ellos me ofrecieron un sueldo extra y yo decidí poner el caso en mano de un abogado.
    Yo siempre he trabajado, pero las condiciones las impusieron otros.

  1. 18/11/2012

    […] Si recuerdan, dimos algunas diferencias entre esta figura y el asalariado clásico, y el hilo de esta historia quedó en las supuestas ventajas que comportaba el ser autónomo en unos años en los que quien quería trabajar tenía oportunidades más que sobradas, y el sueldo sólo tenía como límite las propias fuerzas. […]

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