Arquitectos mileuristas. 2ª parte: Por qué autónomo y no asalariado

Seguimos con la serie dedicada a los arquitectos que, durante los años de mayor fiebre constructora, desarrollaron su labor como colaboradores de otros arquitectos con más clientes. La figura que, en el sector, se conoció como el ‘falso autónomo’.

Si recuerdan, dimos algunas diferencias entre esta figura y el asalariado clásico, y el hilo de esta historia quedó en las supuestas ventajas que comportaba el ser autónomo en unos años en los que quien quería trabajar tenía oportunidades más que sobradas, y el sueldo sólo tenía como límite las propias fuerzas.

 

Autónomo vs Asalariado

Para el asalariado, que generalmente no ve el importe de las facturas, es una bicoca poder hacer todas las horas del mundo (algo que un asalariado tiene prohibido por ley desde hace muchos años), salir del despacho para ir a controlar obras mientras toma el sol, tomarse un día libre cuando le venga en gana y cobrar un dineral a final de mes.

Sin embargo, y como ya dije al final del anterior post, las ventajas de ser autónomo son muy relativas. Hacer horas está muy bien cuando no tienes obligaciones familiares y quieres hacer un colchón para independizarte, pero llegar todos los días a casa a las nueve o las diez de la noche es descorazonador. Aunque aún lo es más escuchar a tu jefe carcajeándose cuando quieres tomarte quince días de vacaciones en agosto y aguantar estoico que te pregunte qué puñetas tienes que descansar tú con la de trabajo que hay o que, según su criterio, deberías pagar por todo lo que estás aprendiendo.

Tener libertad para entrar y salir del despacho está muy bien, pero por regla general no se va uno de compras ni a tomar el sol, sino a pelearse con personas que muchas veces no respetan su propia vida y se mueven por las obras sin casco ni arnés, y a exprimir todo lo posible la capacidad de trabajo ajena para que quien nos paga esté contento y nos siga pagando a fin de mes.

Los días libres de los autónomos son días perdidos. Un asalariado puede pedir un justificante médico y conseguir que no le descuenten un día que no ha ido a trabajar, estuviese enfermo o no. A un autónomo, eso no le sirve de nada. Si no ha ido a trabajar ese día, no cobra. Punto.

Y respecto a cobrar un dineral… ejem, la inmensa mayoría de arquitectos que trabajamos como falsos autónomos cobramos por horas, no por objetivos. Eso quiere decir que estamos limitados por nuestra propia fuerza de trabajo, y que como mucho podemos rendir ocho o nueve horas diarias durante cinco días a la semana. No mucho más, a no ser que queramos destrozar nuestra salud. Y de esta manera, y con los precios que se pagaban en el sector en los mejores momentos, uno no se puede hacer rico trabajando.

 

Las cuentas claras

Así las cosas, ¿por qué no pedir un contrato laboral? ¿Por qué emperrarse en trabajar de una manera tan precaria si éramos conscientes de lo que se nos estaba haciendo?

Muy simple: era la única manera de tener trabajo.

Cuando obtuve el título después de largos años peleado con el proyecto final de carrera, pude comprobarlo: me fue imposible conseguir un contrato laboral, incluso asumiendo perder dinero a final de mes tras retenciones e impuestos. No existían muchas alternativas en 2002: para poder contratar a un arquitecto hay que desembolsar un 30% del sueldo neto que le vayas a pagar, aparte de todas las otras obligaciones legales. Hay que tener a esa persona asegurada, darle una carga de trabajo, poner en su bolsillo las catorce pagas de rigor… una sangría.

En cambio, si ese mismo profesional se contrata como autónomo, sólo había que practicar una retención del 15% en su factura en concepto de IRPF. No hay que desembolsar las famosas catorce pagas, y ni siquiera hay que pagar las vacaciones porque no existe obligación de hacerlo. Además, si no protesta, tampoco hay que ser generoso y pagarle los gastos médicos. Ya se espabilará.

De acuerdo, hay que pagar un IVA que en aquel entonces era del 16% y ahora es del 21%. Es una relación mercantil y, en estos casos, la ley obliga a pagar un impuesto sobre la correspondiente prestación de servicios. Pero le contaré un secreto: estamos hablando de profesionales; por este concepto, cada tres meses hemos de ponernos en paz con la Agencia Tributaria mediante la declaración de IVA tanto pagado como cobrado (el modelo 303). Y ese importe que el empleador ha pagado, al haber sido en concepto de servicios contratados, es plenamente deducible en la declaración del IVA.

El patrón se ahorra, para empezar, un 15% de la nómina. En vez de un 30% de retención, aplica un 15%, que puede ser la mitad si el empleado lleva menos de tres años dado de alta en el IAE. Y esto es completamente legal.

Pongamos números para una factura de 2.000 euros, nada extraña en aquel entonces. La retención del IRPF (un 15%) eran 300 euros; el IVA (un 16% en 2002), 320 euros, que se pueden imputar como gastos en la declaración de IVA y por lo tanto se restan del total a declarar. Así, nos encontramos con que un empleador podía acabar recibiendo dinero, puesto que, en este caso concreto, la cantidad deducible por IVA era superior a la que se debía ingresar por IRPF. Y a finales de 2012, con un IRPF del 21% y un IVA profesional del 21%, se igualan, con lo que el empleador no ha de poner dinero.

Fantástico, ¿verdad?

Además, al ser una fórmula de prestación de servicios en lugar de un contrato laboral, la cantidad que se acababa pagando cada mes era claramente inferior, en muchos casos menos de la mitad, porque estamos hablando de una relación mercantil, no laboral, y por tanto sujeta a la ley del mercado, no al convenio del sector.

A eso hay que añadirle otro aspecto vergonzante: cualquier peón cobraba más por hora que muchos arquitectos en los años de más actividad. No era nada extraño ver facturas con las horas de peón a 18, 19 y hasta 20 euros., ni tampoco que un arquitecto cobrase menos de 15 euros por ese mismo tiempo de trabajo, y aun menos.

Y quede bien claro que no tengo nada en contra de los peones de obra; sólo contra los empleadores abusivos.

Pero, si todo esto es cierto, ¿por qué nadie se quejó? Es una pregunta dolorosa para el colectivo, y larga de contestar. La respuesta, la semana que viene en esta misma plaza.

 

SIMÓN CASAS

Fundador del sitio web Kenaria, donde comparte su experiencia como escritor y ayuda a otras personas a dar forma a sus historias. Su último libro, co-escrito con el coach financiero Israel Pardo, se titula “Gana el juego del dinero”.

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8 Responses

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