Carta a quien me dio la vida

Esta semana no voy a hablar sobre la burbuja inmobiliaria, ni sobre nada que tenga que ver con ella. No. Este post está dedicado a la emoción; al recuerdo; a la memoria de quien me dio la vida y que, 17 meses después de su marcha, sigue vigilándome porque una de las pocas cosas que no logró fue hacer que caminase por la vida con sentido común y mirando dónde pongo el pie. Hablo de mi padre.
Hoy, como cada diciembre desde hace veinte años, la televisión pública catalana dedica todo el día a recaudar fondos para causas benéficas. Este año le toca al cáncer; y, como esa herida aún está reciente en mi familia, no ha dejado de supurar en todo el día.
La vida y la salud no fueron demasiado benévolas con él pero, a cambio, he de decir que tengo las manos llenas de horas pasadas a su lado. Unas cuantas, quizá más de las necesarias, discutiendo como en cualquier casa. Otras cuantas (nunca bastantes) trabajando codo con codo en las maquetas que me iban pidiendo en la universidad. Aún conservo las dos que hizo con sus propias manos para que yo pudiese aprobar el proyecto final de carrera y convertirme en arquitecto.
Me considero un verdadero privilegiado por haber tenido un padre como él, que siempre me escuchó y me trató como a un adulto, que de pocas cosas se sentía tan orgulloso como de sus hijos, que le daba la máxima importancia a todo lo que le explicaba y que nunca dejó de cumplir lo que prometía, algo que me temo que tampoco he heredado.
Ya he olvidado muchas de las veces que nos enfadábamos mientras él trataba de convertir la madera en edificios a escala en el comedor y yo los dibujaba en mi habitación. Pero confieso que me encantaría volver a vivir esos momentos, porque eso querría decir que no se ha ido. Nunca sentiré que he estado demasiado tiempo con él por más horas que podamos contar juntos.
Tardé más de treinta años en verle llorar, y aun así quizá me basten los dedos de una mano para contar las veces que eso sucedió después; su tolerancia al dolor fue tanta que alguna vez pensé que no era normal. Quizá por contraste, yo me achico ante cualquier contratiempo y soy un paciente pésimo. Y, quizá por ese mismo contraste, quien esto escribe pasa por las imágenes de su vida con todos los estados de ánimo posibles y él, mirando a la vida de frente, sin miedo, como cualquier hijo de posguerra que se precie. Nunca supe cómo lo hizo para no perder la sonrisa en las fotos ni la presencia de ánimo en los momentos difíciles, que por desgracia no le faltaron; y ahora que ya no está, me temo que me quedaré sin saber el secreto.
Cuando nos enteramos de lo que le sucedía, hace algo más de tres años, se nos cayó el mundo a los pies. Cuesta hacerse a la idea, por más que veas los efectos de la enfermedad, que en su caso se manifestaba en lagunas de memoria y cansancio sobre todo. Cuesta sobre todo viendo que las primeras sesiones de quimioterapia apenas le afectan, excepto en la pérdida del pelo.
Una de las imágenes que guardo con más cariño de él es, precisamente, de hace un par de años, ejerciendo de abuelo con una marioneta en la mano y su eterna sonrisa. Sin pelo, pero feliz como pocas veces le había visto.
Cuando ya la enfermedad había avanzado hasta el punto de postrarlo en cama, sentí la necesidad de despedirme. Le hubiese dicho no lo que he escrito en este post; mucho más. Y un día especialmente aciago en que hube de sostenerle físicamente porque él ya no podía le dije algunas de las cosas que sentía. No sé si llegó a escucharme, o si llegó a entender lo que le dije, pero si no lo hubiese hecho así me habría pesado toda la vida. Y ya fue bastante duro sobreponerme a mi propio miedo ese día.
No siento envidia de los que pueden sonreír orgullosos de haber vencido una batalla como esa. Mientras he escrito este post, la Marató de TV3 ha entrevistado a un matrimonio al que ya mostraron en 1994 y en el que ambos estaban enfermos entonces. Los dos han vencido… y es una fuente de alegría inmensa.
Me queda el recuerdo de todo lo que he vivido con mi padre. Quedo yo, que soy obra suya; torcida, pero eso es más por mi empeño en no hacer caso que por su falta de mano izquierda. Me quedan sus consejos, su saber estar, su manera de ir por la vida sin hacer ruido y sin dejarse intimidar y sobre todo, sobre todo, su afán por no rendirse por más fuertes que fuesen los vientos.
Va por ti, Viejo.

 

SIMÓN CASAS

Fundador del sitio web Kenaria, donde comparte su experiencia como escritor y ayuda a otras personas a dar forma a sus historias. Su último libro, co-escrito con el coach financiero Israel Pardo, se titula “Gana el juego del dinero”.

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1 Response

  1. 25/03/2013

    […] en fin, los que le conocimos y amamos echamos de menos intensamente, como yo mismo dejé patente en un artículo anterior. Os invito a visitar la página donde muestro el libro que le dedico, y del que os dejo aquí una […]

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