Con la retaguardia descubierta

Por regla general, suelo aprovechar la contraportada para exponer temas que no han aparecido en otras páginas del boletín; sin embargo, y a la vista de la cantidad de noticias aparecidas en diversos medios referentes a la enormidad de las cifras de activos inmobiliarios más o menos dudosos en poder de los bancos, soy incapaz de resistirme a hacer un poco de análisis de lo que he visto y entendido.
Me llama la atención, en primer lugar, que el valor total de la exposición de bancos y cajas al sector sume más de 93.000 millones de euros; para los que aún piensen en pesetas, son 15,5 billones de los de antes. Los Presupuestos Generales del Estado de mediados de los ochenta y principios de los noventa rondaban esa cifra. Si la repartimos como buenos hermanos entre todos los españoles, tendremos que cada uno de nosotros tiene una deuda en ladrillo de algo más de 2.000 euros. Sin palabras.


¿Por qué comento todo esto? Bien, a nadie se le escapa que la primera década del siglo XXI ha sido algo bastante parecido a una locura colectiva. Y aquellos barros, como suele decirse, trajeron estos lodos. Cuando aparecen números como los que se han publicado en diversos diarios especializados en el último mes, uno se da cuenta de que la travesía del desierto, además de larga, va a ser dura. Y será así porque en España el crecimiento de los últimos años se ha hecho a crédito, o lo que es lo mismo, con el dinero de otros. La consecuencia inmediata de ese proceder es que uno adquiere automáticamente una deuda con la persona o entidad que tan amablemente le ha prestado ese dinero.
Pero, ¿es lo mismo una deuda que otra? Evidentemente, no. Muchas empresas se han endeudado para poder afrontar una época de crecimiento de negocio y han acudido a fuentes de financiación externas para poder asumir con garantías el proceso. En algunos casos, la evolución del negocio les ha permitido devolver ese préstamo; en otros, por desgracia, no.
Existe otro tipo de deuda, la hipotecaria. Y dentro de ella, habría que distinguir varios tipos; no es mi intención dar lecciones sobre algo que me supera, pero sí puedo hablar con algo de conocimiento sobre la deuda que puede afectar a una familia. En los años de mayor locura colectiva, los créditos se podían conceder sin avales adicionales (algo sorprendente, dada la envergadura de la operación) y con unas condiciones tan ventajosas que uno no llegaba a ver dónde se estaba metiendo.
Finalmente, existe otro tipo de deuda más vinculada al ocio; es el caso típico de la familia que quiere irse de vacaciones a Punta Cana, pero con lo que ganan no podrían ir más allá de Benidorm; o esa tele de 50 pulgadas que cabría de maravilla en nuestro piso nuevo y con la que los gráficos de la Play de los niños se verían de miedo.
Evidentemente, existen muchos más tipos de deudas, y un profesional de la economía o de las finanzas seguramente me enmendaría la plana, pero existen algunos conceptos de base que creo que podemos manejar todos sin demasiados problemas, y es aquí donde muchos hemos fallado: en el sentido común. A nadie se le escapa que, en los años de bonanza, los criterios de control se relajaron bastante. Y si el acceso al dinero es fácil, el siguiente paso es bajar la guardia y pensar, primero, que todo se puede conseguir, y segundo, que esa situación se va a prolongar indefinidamente.
Hasta que el sistema falla.
Ahí es donde han empezado los problemas. Multitud de familias que se han encontrado con viviendas sobrevaloradas, una deuda hipotecaria asfixiante y a veces acrecentada con préstamos asociados, y de un día para otro el trabajo se acaba. En un contexto así, saber que los bancos acumulan tamaño agujero debería hacernos reflexionar, porque ellos han sido los primeros en no hacer bien su trabajo. Lo peor es que los mismos que se han equivocado no renuncian a la letra pequeña de sus contratos, aunque no se la hayan merecido, y que, para pagarlas, haya que ‘esconder’ la basura debajo de la alfombra o hacerse los pedigüeños para que sea el Estado quien financie, con los mismos bolsillos ahogados por las deudas, su mala cabeza. Sobre todo si es verdad la información que asegura que podrían aguantar hasta 3 años con fondos propios.
Otra cuestión que me ha impactado es la que se refiere a las prácticas abusivas de los bancos. Me recuerda muchísimo a lo que pasó en la promoción inmobiliaria, en la que los errores a la hora del diseño o la construcción se pasaban por alto porque nadie se quejaba y nadie perdía dinero. De la misma manera, nadie se quejó en su momento porque el banco le pusiese un tipo de interés mínimo de Euríbor para calcular la cuota de la hipoteca, con independencia de que pudiese estar en algún momento más bajo. El problema viene ahora, que este índice bancario está por debajo de lo que muchos préstamos hipotecarios marcan como mínimo y el pobre hipotecado no ve la bajada en su cuota mensual. Lo triste es que, al hablar de un documento que se protocoliza delante de un notario, hay que confiar en la buena voluntad del banco. En esto como en otros aspectos, como las comisiones por servicios, etc.


Y, por último, pero no menos importante, un informe que asegura que el stock de suelo que acumula el sector bancario equivale a unos 2,8 millones de viviendas potenciales, de los que la mitad no se llegará a construir nunca. ¿Qué ha sucedido aquí? Varias cosas: en primer lugar, el crédito al promotor se ha disparado hasta alcanzar, en la actualidad, los 143.000 millones de euros. En segundo lugar, en muchos casos se ha valorado el terreno como edificable, lo fuese en ese momento o no; y muchos de esos terrenos pasaron de urbanizables (o sea, con futuro inmobiliario) a rústicos (o sea, sin apenas valor). Y eso es un lastre para cualquier economía.
Pero es que, además, las estimaciones de viviendas nuevas necesarias para los próximos 10 años se cifran en 1,25 millones de unidades. Aquí entrarían las que ya están terminadas y en venta (entre 750.000 y 1 millón, dependiendo de las estimaciones) más las que se hagan nuevas. Es evidente que no habrá mercado para todos los productos nuevos, y si a ello le sumamos los terrenos en los que no se podrá edificar y aquellos que, aun siendo edificables, tienen poco futuro porque están en zonas en regresión o lejos de entornos consolidados, que son los que se mantienen, la ecuación ya está armada.
Serán unos años duros para todos.

 

SIMÓN CASAS

Fundador del sitio web Kenaria, donde comparte su experiencia como escritor y ayuda a otras personas a dar forma a sus historias. Su último libro, co-escrito con el coach financiero Israel Pardo, se titula “Gana el juego del dinero”.

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