Diario de un emprendedor (11): No quieras ser el más listo de tu empresa

Existen multitud de perfiles en cualquier empresa, pero si nos fijamos bien, hay un rasgo que define a todos los que trabajan en ella, y que los divide en dos grandes grupos: los que se mueven en equipo y los lobos solitarios.

En uno y otro grupo, existen también dos tendencias totalmente humanas, y también contrapuestas: los que buscan la mejor solución posible y los que quieren tener razón.

Formar parte de la segunda tendencia es problemático en cualquier nivel del escalafón, pero cuando esa persona es el jefe, las consecuencias pueden ser catastróficas. Tanto como para hacer que cierre la empresa.

¿Qué les hace tan peligrosos? La misma definición del rasgo. La persona que está convencida de ser infalible cual papa de Roma no sólo actúa como si así fuese, sino que además cree que los demás se equivocan por sistema. Más tarde desarrollaré en detalle los riesgos que esto entraña, pero los avanzo aquí:

  • Falta de motivación del equipo
  • Falta de credibilidad y liderazgo del jefe
  • Ausencia de ideas por parte del equipo
  • Sensación de estar rodeado de mediocres y agudización de la tendencia
  • Alta rotación de empleados, especialmente de aquellos con más ideas

Cualquiera de estos supuestos es un riesgo para nuestra empresa. Un riesgo que muchas veces es innecesario, y que puede dar al traste con nuestros sueños y nuestras previsiones. Incluso, nos exponemos a tener que echar el cierre. Pero aún es más peligrosa la realidad, porque los elementos de la lista anterior no suelen presentarse solos, lo que no hace sino incrementar los peligros.

Veamos a qué se expone el que pretende tener razón por encima de todo…

Equipos desmotivados

Cuando nos imbuye esa especie de espíritu divino que nos hace infalibles, solemos pensar que los demás no sólo no tienen la razón sino que, además, no saben tener buenas ideas.

Si fuese nuestro cerebro el único que lo piensa, quizá no sería tan dramático, pero no es extraño que el otro (o los otros) llegue a creerse tal afirmación a fuerza de repetírsela. Y el germen de la desmotivación ya ha germinado.

¿Nos parece imposible? No lo es. Durante mi vida laboral, me he encontrado con más de un caso, y yo mismo he sufrido en mis carnes los efectos de un continuado bombardeo de mensajes en ese sentido. Es cierto que no todo el mundo es permeable a ellos, pero el que lo es puede sufrir de una manera espantosa.

Lo primero que haces es enfadarte con la persona que te hace sentir poco útil. Crees, con toda la razón, que no tiene motivos para sostener tales argumentos. Pero, si éstos se prolongan en el tiempo y aparecen de modo sistemático, la duda comienza a anidar en tu interior, y al final acabas pensando que es cierto.

A nivel individual, las consecuencias ya son de por sí dramáticas, porque esa persona, con independencia de su valía inicial, se va autoexcluyendo de la toma de decisiones trascendentales al ver que sus aportaciones se desprecian. Y no es raro que esa persona acabe siendo despedida por bajo rendimiento, sin pensar que, posiblemente, ese bajo rendimiento sea inducido.

Cuando esta circunstancia no se limita a una sola persona de nuestro equipo, sino que son varias, ocurren una serie de cosas de gran riesgo para la supervivencia de la empresa:

  • Descontento entre los afectados, que sienten que sus esfuerzos son en vano.
  • Murmuraciones y cotilleos como consecuencia del estrés que esta circunstancia causa, extendiendo entre los miembros del equipo, incluso entre los que mantienen una buena valoración de sus jefes, la sensación de que están mal liderados.
  • Pérdida de crédito del líder, a quien se puede llegar a torpedear de forma soterrada hasta el extremo de lograr su expulsión de la empresa. Si este líder es el dueño de la empresa, el pulso puede hacer que ésta entre en pérdidas e incluso en quiebra.

Un profesional al que se valoren sus ideas y se agradezcan sus aportaciones se sentirá mucho más predispuesto a asumir responsabilidades, e incluso a proponer mejoras por iniciativa propia. Lo más sorprendente es que lo hará aunque esas ideas se descarten tras un análisis pormenorizado.

No importa. Esa persona entenderá que existen buenas razones, de tipo logístico, operativo, económico o de cualquier otro. Y se esforzará por ofrecer lo mejor que tenga la próxima vez.

Liderazgo cuestionado

El líder (o dueño) que actúa pretendiendo ser el más listo de su equipo puede actuar de una manera que a éstos les puede parecer mezquina: arrogarse él mismo los logros y echar las culpas de los errores a los demás. Tanto da que una u otra circunstancia sean o no ciertas; los seres humanos difícilmente soportamos a los que buscan colgarse las medallas.

Hasta tal punto es así, que muy pronto el equipo empezará a cuestionarse no sólo los méritos de alguien que se comporta de este modo, sino que comenzarán a dudar hasta de su valía para estar al frente de todos ellos. Y, de ahí a la rebeldía, sólo media un paso.

En cambio, el miembro de un equipo al que se reconoce una aportación válida al conjunto, por pequeña que sea, y al que se protege cuando las cosas salen mal, aunque la culpa sea suya, estará mucho mejor predispuesto cuando se le pida ayuda o un esfuerzo extra a la hora de sacar adelante cualquier tarea.

Este último caso pude comprobarlo varias veces en mis carnes. Como cualquier ser humano, me he equivocado en mi trabajo, y he tenido dos tipos de respuesta por parte de mi entorno. Cuando esa respuesta ha ido encaminada a protegerme en público, mi ánimo ante las peticiones posteriores de quien así ha actuado ha sido siempre el mejor, aunque en privado me cayese de todo.

En cambio, cuando se me ha puesto en evidencia, o simplemente no me he sentido arropado, inmediatamente le he puesto una cruz y una raya al que ha actuado así, y desde luego mi ánimo ha sido muy diferente que en el otro caso. Y mi actitud no es muy distinta de la de cualquier otra persona que haya trabajado para otros.

Tormenta de ideas seca

Los problemas suelen acrecentarse cuando necesitamos que nuestros compañeros o subordinados nos ayuden en nuestro trabajo o, simplemente, aporten puntos de vista nuevos.

En circunstancias normales, todo el mundo da lo mejor que tiene, pero, si hemos predispuesto al equipo en contra nuestra, nadie va a levantar la mano para hacer propuestas.

Y no les faltará razón. No en vano, es más que probable que hayamos pasado por las etapas que he mencionado antes, así que no será de extrañar que estemos rodeados de personas sin el menor interés por hacer avanzar un proyecto que no han hecho suyo porque no se lo hemos permitido.

La situación así creada puede ser bastante violenta. Imaginemos una reunión en la que hay que decidir una nueva estrategia de marketing, o detectar líneas de negocio que no funcionen y que hay que mejorar. Pongámonos en la piel de personas a las que no hemos valorado en momentos menos trascendentes, o a las que directamente hemos señalado como poco válidas. ¿De verdad cree usted que esa persona va a estrujarse las neuronas tratando de salvarle el trasero? Si es así, le compadezco.

Aunque emprender sea una labor solitaria, sacar adelante la empresa creada a tal fin es una labor de equipo. Una labor, no lo olvidemos, en la que todos son importantes. He visto a muchos profesionales con excelentes aptitudes que, sistemáticamente, han sido infravalorados, a los que únicamente se les tenía para realizar tareas sin valor añadido y que luego, si la tarea no obtiene los resultados que se esperan, reciben todas las culpas. Sin que el compañero o superior que se las asignó haya hecho nada por ayudarle.

Me resulta especialmente doloroso el recuerdo de una historia que viví de manera indirecta: un profesional joven que fue asignado a otro profesional de la misma empresa, quien se limitó a asignarle tareas que no supervisaba y que, lógicamente, no dieron los frutos razonables. Nadie corrigió sus errores, y este profesional únicamente supo que su trabajo no era bueno cuando le dijeron que debía irse de la empresa. ¿Cómo puede estar motivado alguien que recibe ese trato? ¿Qué interés va a tener luego en hacer una sugerencia de mejora cuando se la pidan? Ninguno.

El mundo está lleno de mediocres

Por desgracia, esta frase es bastante cierta. Pero no en el sentido que le da quien se cree el más inteligente. Para él, no sólo no existe nadie que sea capaz de hacer las cosas mejor, sino que, aun en el caso de que lo hubiese, sigue sin ser lo bastante bueno.

Dirigir una empresa con esta mentalidad es sumamente peligroso, puesto que la tendencia a no delegar hará que se conviertan en un cuello de botella de enormes dimensiones, y creando un círculo vicioso de imprevisibles consecuencias.

En este círculo vicioso, no pedimos colaboración porque no confiamos en las aptitudes de quienes están cerca. Esas mismas personas, al no recibir impulsos positivos, tienden a retraerse y a no colaborar en la medida necesaria, lo que hace que la sensación de mediocridad imperante crezca. Así las cosas, el dueño o director de equipo se sentirá más solo de lo que en realidad está, y aún confiará menos en las personas que tiene a su cargo, por lo que es probable que aumente su necesidad de control de todos los procesos, desmotivando aún más a la gente, y entrando en una espiral que puede hacer saltar por los aires una empresa.

El problema radica en que llegará un punto en que, aun tomando conciencia de esa dinámica, y aun pretendiendo un cambio en la manera de relacionarse con los miembros del equipo, éstos habrán perdido toda la confianza en quien les dirige. Y puede que para entonces ya sea tarde…

¿Dónde está la gente?

Una de las consecuencias últimas de lo que hemos explicado es que, al menos en tiempos de bonanza económica, la gente que sufre este tipo de actitudes termina por irse. Con la crisis instalada en España desde hace años, y sin una perspectiva inmediata de solución, la necesidad de conservar el puesto para vivir por encima de unos mínimos hace que este problema quede enmascarado, pero si hiciésemos una encuesta en muchas empresas, nos llevaríamos una sorpresa monumental.

Porque la realidad es que mucha gente se iría corriendo de su puesto actual si pudiese hacerlo. Y uno de los motivos principales es éste: no sentirse valorados.

Es algo especialmente grave en empresas de servicios, multinacionales y puestos intermedios en general. Si no tratamos a esas personas de tal manera que sientan que su esfuerzo merece la pena, abandonarán el barco a la mínima ocasión. Y le diré algo: los que hacen esto suelen ser los mejores.

¿Por qué lo hacen ellos y no otros? Sencillo. Un profesional que sea consciente de sus aptitudes sabrá enseguida que no merece la pena desperdiciar su tiempo y sus esfuerzos en un lugar donde no se le valora. Y, precisamente porque tiene talentos, no tardará en encontrar un lugar mejor.

En cuanto al que cree que es el más inteligente, su propio concepto de sí mismo le impedirá entender lo que ha sucedido, y se auto convencerá de que tiene razón pensando que está rodeado de gente mediocre.

Para su desgracia, su profecía terminará por cumplirse, puesto que perderá las mejores piezas de su equipo, las que piensan de forma totalmente autónoma, las más motivadas. Y se quedará con las piezas menos preparadas, que necesitarán un mayor esfuerzo de supervisión. Y, como no tendrá ni tiempo ni interés en formarlas para que le ayuden, la maquinaria irá hacia atrás en lugar de avanzar.

Después de todo lo dicho, ¿sigue queriendo ser el más inteligente de su equipo? ¿Sigue deseando dirigir a zombis en vez de coordinar una escuadra imbatible?

Si la respuesta es afirmativa, buena suerte y comience a reservar tanda en la cola del paro.

Andres Castro

ANDRÉS CASTRO

Escritor especializado en temas de marketing y emprendeduría. Colabora en Kenaria en la sección “Siguiente nivel

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