Diario de un emprendedor (12): Equipo, equipo, equipo

Es muy habitual lanzar una idea en compañía de otros. Sobre todo la primera vez. Sobre todo si los que nos acompañan son amigos nuestros.

Antes de subirnos a la montaña rusa, hemos de tener en cuenta que el camino que vamos a emprender es largo. Que estará lleno de altibajos. Que pasaremos más tiempo en la zona baja que en la alta. Que va a costarnos dinero, puede que mucho, y que no lo recuperemos nunca. Y que todos esos factores harán que nos olvidemos más veces de las que pensamos de esa amistad tan estrecha.

Por lo tanto, necesitamos estar en el barco con gente diez.

Músculo

Montar una empresa es una carrera de fondo. Y para ello hay que estar preparado, tanto física como mentalmente. Estaremos sometidos a una presión constante, tendremos que multiplicarnos por mil para lograr que nuestro bebé funcione y, por si esto fuese poco, descubriremos que el día puede tener más de veinticuatro horas, y la semana más de siete días.

Eso, si logramos tomarnos un respiro para pensarlo.

Hay que ser consciente de que no sólo nuestra jornada laboral será mucho mayor que la de un asalariado, sobre todo mientras la empresa echa a andar. Hemos de mentalizarnos para tener muy presente que nuestro tiempo libre fuera de esa jornada será menor que antes, que quizá no nos baste con el día y tengamos que echar mano de la noche y que los fines de semana puede que no los pasemos en el campo o en la playa, sino en nuestra improvisada oficina.

Se necesita estar hecho de una pasta especial. Y hay que saber, además, que es posible que alguno de los socios/compañeros puede flaquear o incluso desmoronarse en el momento menos oportuno. Por ello, hay que estar preparado, además, para cargar con trabajo extra si esto sucede.

Visión

Puede parecer una perogrullada, pero es vital que todos los que se suban al barco remen en la misma dirección. Es decir, que compartan un objetivo común y un mismo lugar de destino.

Ojo, no quiero decir con eso que todos piensen exactamente igual, o que deban hacerlo para que la nave siga un rumbo claro. Aparte de que no es necesario, es imposible. No, lo que de verdad es necesario es que todos los que estén en esa aventura sean capaces de supeditar sus objetivos particulares al objetivo común y que, en caso de que discrepen en el modo de lograrlos, sepan negociar un punto de equilibrio que contente a todos. Si no, el fracaso está garantizado.

Especialización

Para que una idea tenga éxito, es necesario que los que la llevan a cabo conozcan el sector donde ésta se encuadra, el tipo de público al que se dirige, cuáles son sus necesidades, qué lenguaje se habla, qué puertas hay que tocar… Pero es igualmente importante que los miembros del equipo sepan tocar diferentes teclas para que la melodía suene agradable.

¿Se imagina usted una orquesta donde sólo hubiese violines? ¿O un equipo de fútbol formado únicamente por delanteros? En una empresa es igual. Si estamos armando una startup, está claro que necesitamos compañeros de viaje que sepan de tecnología, y que sepan mucho, pero, como en cualquier otro tipo de empresa, hay que buscar clientes, hablar con ellos, negociar con proveedores, gestionar las cuentas… algunas de estas tareas pueden no ser muy agradables, e incluso resultar aburridas, pero en este mundo civilizado que nos hemos inventado son necesarias.

A casi nadie le gusta pasarse el día encerrado en un despacho minúsculo comprobando facturas, o haciendo cola horas y horas para presentar la declaración anual ante Hacienda, pero emprender también es eso: una burocracia a veces asfixiante, que nos hace renegar de la carga que nos hemos echado encima y nos hace maldecir la idea de ser nuestro propio jefe.

Sí; de golpe y porrazo, nos damos cuenta de por qué se necesita al menos un contable en cualquier empresa (y varios si ésta es grande). Sabemos por qué las ideas tardan tanto en ponerse en marcha. Nos enteramos de lo difícil que es conseguir que otros nos pongan cada día trabajo en nuestra mesa. Y sobre todo, vemos con desolación que, al final del día, apenas le hemos dedicado tiempo a lo que de verdad queríamos: darle forma a un sueño.

Nada de eso es posible si, en esa startup, todos son expertos en tecnología. Nadie le dará importancia a cumplir las obligaciones tributarias, porque son tareas improductivas. Nadie querrá hablar con los clientes porque ya sabemos lo que quieren (o pretendemos saberlo). Nadie pensará en acciones de marketing porque estamos tan convencidos de que nuestra idea es fantástica que no hará falta ni siquiera anunciarla. Y nadie querrá encender el ordenador para pasar a limpio las facturas porque es aburrido.

Lamento desilusionar al emprendedor novel: todas esas tareas son igualmente necesarias. Es más, ocuparse de ellas nos puede quitar más de la mitad del tiempo que tenemos pensado destinar a nuestro sueño. Y no podemos evitarlas.

En mi caso, el emprendimiento en solitario que me ha supuesto convertirme en escritor no consiste sólo en sentarme ante mi ordenador a escribir lo que pase por mi imaginación. Estos son sólo algunos extras vinculados a mi sueño particular:

  • Horas de corrección posterior de los textos para que tengan una mínima calidad.
  • Gestionar un blog y preocuparse de que su aspecto sea impecable.
  • Mantener una cuenta de Twitter, otra de Facebook, un perfil de LinkedIn, y actualizarlas de continuo para que, en la sociedad del 2.0, mi discurso no se pierda en el océano.
  • Contactar con editoriales para lograr que mi trabajo se publique y tenga visibilidad.
  • Si opto por la autoedición, buscar, comparar y elegir empresas que se dediquen a ello, supervisar las galeradas, aprobar la edición, seguir el pedido y luego hacer más kilómetros que un taxi en busca de librerías que quieran vender mis libros.
  • Con independencia de los dos puntos anteriores, una vez publicado algo, hablar con librerías, bibliotecas, centros cívicos, entidades de todo tipo, grandes superficies, etc., con el único fin de lograr un pedazo de tiempo y un rincón donde darlo a conocer.

¿Han visto la noble tarea de trenzar una historia por algún lado? Claro que no. Se me supone. Lo que no se supone, al menos hasta que aterrizas en este sector, es toda la tarea de gestión, de comercialización, de marketing, de logística incluso, que tengo que decir que hago encantado porque forma parte de mi sueño, pero que he de hacer si quiero que ese sueño se convierta en una realidad que me permita vivir de él.

Lo mismo sucede con cualquier empresa. Corregido y aumentado. Así que, si sus socios tienen exactamente el mismo perfil que usted, le sugiero que se ponga manos a la obra lo antes posible para resolver el problema. Porque eso es lo que terminará por pasar tarde o temprano.

Excelencia

Además de todo esto, es necesaria otra cosa: que todos, absolutamente todos los miembros del equipo, sean lo mejor que sus aptitudes les permitan. Porque, por si no lo saben, ya se lo anticipo yo: van a necesitar todos sus recursos.

Y es que una empresa no se puede llevar a medias. Porque el mundo es una selva, y quien no es capaz de funcionar al ciento dos por ciento está condenado a la extinción, antes incluso de haber nacido.

Si buscamos una startup, las encontraremos a cientos antes de haber dado la vuelta a la esquina. Así que sólo lograremos algo si somos capaces de (1) ofrecemos un producto rompedor, (2) mejoramos espantosamente algo que ya esté en el mercado, o (3) logramos que nos vean hasta en la sopa. La tercera opción, por desgracia, no suele estar al alcance de la mayoría de recién llegados, porque la inversión económica suele ser descomunal.

Por lo tanto, sólo nos quedan las otras dos. ¿Y cómo se logran? Exacto. Siendo mejores que el resto.

Y dejando que todo el mundo lo sepa, por supuesto. Y para eso, al contrario que lo que sucede con la pura visibilidad, no es estrictamente necesario gastarse una fortuna en publicidad. Porque de lo que se trata, más que de decirle a los demás que existimos, es que sepan que somos buenos. Y para eso, lo que se necesita es hacer bien las cosas. Mejor que bien, excelente.

Por eso he dicho antes que una empresa no se puede llevar a medias. Porque, cuando las cosas se hacen sin poner todas las energías disponibles, el resultado se nota. Nuestros clientes lo van a notar. Y, si no les gusta lo que les damos, irán a otra parte a comprarlo. Así de simple.

Por lo tanto, ¿tenemos una empresa de software? Los que lo diseñen, y los que lo programen, han de ser excelentes. ¿Fabricamos ventanas de aluminio? Han de ser resistentes a un huracán si es necesario, y además tener un diseño impecable. ¿Vendemos cupcakes? Han de tener un sabor exquisito, y el obrador en el que trabajemos un espejo.

No hay espacio en el mundo empresarial para los mediocres. Lamento ser tan duro, pero es así. Si no es capaz de dar un salto de calidad y convertirse en excelente, es mejor que lo deje estar. Se ahorrará una decepción y mucho dinero.

Andres Castro

ANDRÉS CASTRO

Escritor especializado en temas de marketing y emprendeduría. Colabora en Kenaria en la sección “Siguiente nivel

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