Diario de un emprendedor (13): El fracaso

Todos los manuales para emprendedores y todos los gurús del emprendimiento aseguran que el fracaso es bueno. Que enriquece la experiencia, que en América se valora más que el éxito… sí, sí, pero ¿qué pasa cuando el que fracasa es uno mismo?

Algo parecido a una patada donde más nos duele.

No nos engañemos. Sobre el papel, es muy bonito decir que nos hemos arruinado x veces, que hemos tenido que empezar desde cero no sé cuántas más, y que nadie escarmienta por cabeza ajena. Repito: sobre el papel. Cuando ese fracaso lo vemos en el espejo al mirarnos, lo que pensamos es algo parecido a quién cojones me mandaría meterme en esto.

Tranquilo: todos lo hemos pensado al menos diez veces.

Es lo normal. Pensemos que, por encima de todo, nos estamos jugando nuestro dinero y/o el de otros. Estamos invirtiendo un montón de horas de nuestro tiempo y/o de otros, y eso nunca se hace diciendo bueno, si no sale no pasa nada. No. Si una empresa nace, es con la misión de dar beneficios. Y si los logra desde el primer día, mejor que mejor.

Por eso es tan importante saber que existe la posibilidad del fracaso. Que esa posibilidad es real, mucho más real de lo que nos imaginamos, y que además suele llegar por algún error que nosotros hayamos cometido. Esa es otra idea que nos ha de quedar muy clara: cuando montamos una empresa y ésta no sale adelante, hemos de admitir una parte de responsabilidad, sea ésta mayor o menor.

Balones fuera

Sin embargo, este es el primer problema con el que se suele encontrar el emprendedor novato. No somos capaces de ver, en el momento en que está sucediendo, que estamos haciendo algo mal. La tendencia del homo laboralis es buscar alguien a quien echarle la culpa de lo que se nos ha torcido. Esto, que es muy socorrido y hasta útil para los asalariados, deja de tener sentido cuando pasamos al lado de los jefes.

Lo he dicho en algún otro artículo, pero lo remarco aquí para que quede bien claro: cuando nos decidimos a ser los jefes, dejamos de estar protegidos.

Es entonces cuando el concepto de culpa duele más, porque no hay nadie sobre quien descargar nuestra frustración porque las cosas no han salido como esperábamos. Y a ese doloroso descubrimiento hay que añadirle otro, aún más lacerante: si no hay un culpable al que podamos señalar, tal vez la culpa sea nuestra.

Dios…

Nosotros guiamos el barco

Hay que estar preparado para cuando eso ocurra. De hecho, en el mundo laboral siempre hay un responsable de las cosas que no salen bien. No me gusta emplear este tipo de frases, porque siempre recuerdo lo que decía mi ex jefe: no te pago para que me expliques lo que está mal, sino para que lo arregles. Pero, en el momento en que nuestro proyecto no funciona como deseamos, lo primero que hemos de hacer es buscar la causa.

Esa causa puede ser una mala gestión, un mal liderazgo, o sencillamente una mala idea, por poner algunos casos. Una vez identificada, hay que tirar del hilo y ver en qué momento empezó a torcerse el rumbo, y después delimitar qué parte del proceso se hizo mal o simplemente no funcionó. Y ser lo bastante sinceros para admitir la parte de responsabilidad que tengamos en ello, que siempre va a existir.

¿Por qué digo esto? Sencillamente, porque nosotros somos los que guiamos la nave; nosotros somos quienes decidimos que se haga tal o cual cosa, o que se haga de tal o cual manera. Nuestra es la última palabra cuando alguno de los que están a nuestro cargo pone una idea de mejora encima de la mesa.

Vigilando el suelo bajo los pies

Aun así, no resulta nada fácil gestionar el fracaso. Sobre todo si ello comporta perder dinero y/o despedir a gente. Para evitarlo, lo que nunca hemos de hacer es emprender a lo loco, sin un mínimo modelo de negocio, sin una tabla de ingresos y gastos previstos, sin un público objetivo aproximado al que dirigirnos… es decir, no podemos emprender sin un plan.

¿Tenerlo va a evitar el fracaso? Nadie le responderá que sí a esa pregunta. Sin embargo, hacer ese esfuerzo de poner negro sobre blanco todo lo que tenga que ver con nuestro sueño nos dará una idea bastante más exacta del terreno que pisamos.

Si sabemos cuánto nos va a costar cada unidad de producto que saquemos al mercado, sabremos cuánto dinero necesitaremos para ponernos en marcha. Sabremos también si hemos de contratar a alguien para que nos ayude, y esos costes repercutirán en nuestro producto. Todo ello dibujará ante nosotros un mapa mucho más preciso del camino que vamos a recorrer, y quizá ese mapa nos desaconseje ponernos en marcha.

No nos deprimamos por ello. El aviso nos puede ahorrar muchos miles de euros. Tampoco le echemos la culpa a nuestro plan de negocio si al final no nos movemos. Hay que admitir que quizá esa idea que con tanto cariño hemos desarrollado no sea viable.

Un plan es mejor que ningún plan

Un último consejo: aunque parezca una tontería, no deje de lado el plan de negocio. Por más que se diga que el papel lo aguanta todo, o que hay que saber ser flexible para cambiar de rumbo si las circunstancias cambian, saber dónde queremos ir y por dónde es mil veces mejor que no saberlo.

Además, si le preguntásemos a ese noventa y cinco por ciento de emprendedores que no logran ir más allá del quinto año con su empresa, es probable que una parte significativa de ellos le digan que no fueron lo bastante previsores al principio.

Quizá fuesen las previsiones en exceso optimistas; quizá un cálculo inadecuado de los costes; puede que una mala elección del público objetivo. Sea cual sea el motivo, son muchos los emprendedores que se lanzan a la aventura con un equipaje insuficiente, y ello les pone en primera línea de combate. Lo que quiere decir, como cualquier militar sabe, que serán los primeros en caer cuando resuenen las balas.

Esto, traducido al mundo de la empresa, es un billete directo al fracaso. Un fracaso que tendremos que gestionar con esa molesta sensación de no tener a quién cargarle el muerto. Un fracaso que, si queremos que nos sirva de algo, habrá que analizar en profundidad y extraer lecciones para el futuro. Lecciones dolorosas, sin duda alguna, pero inevitables en cualquier acción humana.

Si se decide a emprender, nadie le garantiza el éxito. Pero, si se decide a hacerlo, tenga presentes los riesgos. Todo el mundo le cantará las bondades de establecerse por su cuenta, y algunos hasta le advertirán de que puede salirle mal. Pero nada, le repito, nada le va a preparar para la caída. Nada, salvo su propia experiencia. Y esa, se lo aseguro, puede ser muy dolorosa.

Puede perder dinero. Puede perder mucho dinero. Y le aseguro que la sensación que produce no es nada agradable. Yo he podido experimentar esa sensación, aunque a una escala muy pequeña, pero me dio mucho que pensar. Me hizo darme cuenta de varios errores que había cometido y que, en su momento, no pude detectar. Y me dio algunas valiosas lecciones que, por suerte, no fueron muy caras.

De hecho, en honor a la verdad, ese dinero no recuperado me enseñó más cosas de las que podría haber aprendido con un MBA o un ADE, porque mi experiencia fue real y el dinero con el que la llevé a cabo fue real.

Mi deseo es que, si ha de aprender como lo hice yo, lo haga como lo hice yo, por poco dinero.

Andres Castro

ANDRÉS CASTRO

Escritor especializado en temas de marketing y emprendeduría. Colabora en Kenaria en la sección “Siguiente nivel

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1 Response

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