Diario de un emprendedor (18): Que tu edificio tenga miedo a caerse

De mis tiempos como universitario, recuerdo varias frases memorables de algunos de los profesores que tuve. Algunas son históricas por certeras, otras por grotescas y unas pocas por precisas sobre el oficio de arquitecto.

Entre estas últimas figura una que escuché en la asignatura de cálculo estructural: Los edificios tienen miedo a caerse.

Los edificios tienen miedo a caerse. Sublime.

En el cálculo de estructuras de todo tipo existe un concepto llamado coeficiente de seguridad. Bueno, en realidad existen varios coeficientes distintos que se solapan en el proceso de dimensionar pilares, forjados y demás.

Pon tu límite dos calles antes

El primero de ellos es la propia resistencia de los materiales que vamos a emplear. El hierro tiene la suya, al igual que el hormigón, el ladrillo, etc. Y, para cada material, existen diferentes valores, dependiendo de si lo comprimimos, lo estiramos, lo torcemos o lo situamos en voladizo (por ejemplo, en un balcón).

A esos valores ya conocidos se les aplica una reducción importante porque marcan el punto en que el material se rompe, y se retrasa hasta un punto en el que se sabe con certeza que, pasado el esfuerzo, se recuperarán.

Es como si usted supiese que es capaz de hacer footing durante cuatro horas antes de caer muerto por un infarto y, para evitar que eso suceda, se obligase a parar antes de que pasen tres porque es el momento en que su corazón comenzará a notar los efectos del ejercicio y, por puro sentido común, se detenga usted a la segunda hora de carrera porque sabe que así se repondrá sin dificultad.

A esto se le llama fatiga (sí, igual que con las personas). Se sabe que los materiales de construcción, cuando se someten a un determinado esfuerzo, se deforman y ya no se recuperan del todo. En el ejemplo del corredor, esto equivaldría a parar cuando el corazón se queja y descubrir luego que está dañado de forma permanente.

Adelanta el reloj

El segundo paracaídas es considerar que la estructura va a tener que soportar más esfuerzos de los que realmente hemos previsto. No es nada extraño, y las normativas ya prevén unos valores establecidos, pero puede pasar que, en un determinado momento, tengamos una fiesta de veinte personas en casa, y el suelo ha de poder aguantar sin problemas.

Lo que se hace en estos casos es, en función del uso que le demos a ese edificio, y en función del nivel de seguridad que queramos, aumentar ese peso en un veinte, un treinta y hasta un cuarenta por ciento.

Volviendo al ejemplo del footing, eso equivaldría a imaginar que los daños a su corazón vendrán, no a las dos horas, sino a la hora y media.

Baja el pistón

El tercer freno es considerar que el material que vamos a usar no resiste tanto como nosotros creemos. A pesar de que ya hemos reducido el nivel de exigencia en el primer nivel, nos curamos en salud y lo reducimos aún más.

Como en el caso anterior, dependiendo del uso y del nivel de seguridad, rebajaremos esa resistencia entre un veinte y un cuarenta por ciento.

Si vamos sumando, veremos que ese edificio va a resistir, sin el menor problema, el doble de lo que le hemos pedido. Y, aun así, cuando hayamos rebasado esa frontera, aún quedará el primer nivel que les he explicado, por lo que se puede decir realmente que los edificios tienen miedo de caerse, o mejor dicho, los que tenemos miedo somos los que los diseñamos.

Aumenta el esfuerzo, disminuye la resistencia

En el mundo de la empresa, nuestro proceder a la hora de manejar las cuentas y las previsiones debería ser, cuando menos, igual de restrictivo. No en vano, nos jugamos el futuro de la empresa y el pan de todos los que trabajan en ella, nosotros incluidos, porque la mayoría de empresas que quiebran lo hacen porque no hay dinero en la caja.

Cuando aún no nos hemos puesto en marcha, solemos caer en la tentación del optimismo. No importa lo bien que hayamos hecho el estudio de mercado ni la calidad de los primeros prototipos, el impulso es siempre el mismo.

Para evitarlo en la medida de lo posible (nunca del todo, porque la vida es imprevisible), lo ideal es pintar un escenario tan negativo como nos sea posible.

Por supuesto, el peor de esos escenarios es gastarnos el dinero y no lograr una sola venta. Por encima de esto, el abanico de posibilidades es casi infinito, pero una medida conservadora es doblar los gastos que hayamos previstos y reducir a la mitad los ingresos.

Huir de pozos sin fondo

Ambas medidas son del más puro sentido común. Por más que tengamos medidos al céntimo todos los desembolsos, siempre (repito, siempre) habrá algo que no hayamos previsto o que, simplemente, aparece. Puede ser un proveedor que nos sube el precio, puede ser una obra en el local con la que no contábamos, un trámite extra que tenemos que hacer porque el funcionario que nos ha tocado ese día es especialmente celoso, o un alud de tierras en la selva colombiana.

Cualquier manual dice que hay que contar con al menos un veinte por ciento de remanente extra para esos temas, pero si en vez de un veinte pone usted un cien extra, se sentirá más cómodo. Y si no ha de usarlo, no se preocupe: una empresa es un ecosistema con una creatividad impresionante a la hora de generar gastos.

Nadie tiene una bola de cristal

En cuanto a los ingresos, la precaución de reducirlos a la mitad puede que incluso se quede corta. Así como los gastos los conocemos y podemos hacernos una cierta idea de la desviación que pueden sufrir, los ingresos forman parte del futuro. Y el futuro no lo conoce nadie.

¿Es usted capaz de asegurar que mañana va a volver a ir a su puesto de trabajo? Lo más probable es que sí, aunque nadie lo certificará al cien por cien. ¿Es usted capaz de asegurar lo mismo para dentro de un mes? Quizá. ¿Firmaría lo mismo para dentro de un año?

Seguramente no. Y con los resultados de una empresa recién nacida sucede algo similar. Necesitamos promocionar nuestro producto, darle visibilidad, dejar que la gente lo vea, lo toque, lo pruebe, y aun con eso nadie nos garantiza que vayan a comprarlo, y menos aún a recomendarlo, que es la diferencia entre los que sobreviven y los que salen adelante.

Nadie le va a certificar unos resultados de aquí a dentro de un año. Ni siquiera el mayor de los expertos en economía lo hará, y si lo hace, denúncielo: sólo hay que ver la clarividencia del noventa y nueve por ciento de todos nosotros con la crisis de 2007.

Se lo repito: nadie con medio dedo de conocimiento le va a asegurar que, de aquí a un año, va usted a ingresar un millón de euros. Quizá ingrese dos, o diez, o cero, pero lo que sí es seguro es que no ingresará uno.

Puestos a dar una cifra, mejor que sea medio millón, o incluso un cuarto de millón, antes que dos millones. Quizá no pueda fardar tanto ante sus amigos, pero desde luego vivirá algo más tranquilo sabiendo que su límite está más cerca del suelo y, por lo tanto, es más fácil de alcanzar. Porque el esfuerzo necesario será mucho menor, y eso siempre es de agradecer.

Andres Castro

ANDRÉS CASTRO

Escritor especializado en temas de marketing y emprendeduría. Colabora en Kenaria en la sección “Siguiente nivel

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