Diario de un emprendedor (19): El camino al éxito no se vende

Más o menos desde mediados de 2010, que es cuando todos nos dimos cuenta de dónde nos habíamos metido realmente, el término emprender se puso de moda. Tanto es así, que ahora parece que quien no se lance a montar su propia empresa es tonto. Justo lo contrario que hace unos años.

Al mismo tiempo, surgen por todos lados multitud de libros, seminarios y conferencias (a los que humildemente me sumo, faltaría más) vendiendo toda clase de fórmulas mágicas para alcanzar el éxito.

En la mayoría de los casos, esa fórmula es, precisamente, vender la fórmula. Una fórmula prefabricada, además. ¿Se lo ha parado usted a pensar?

En la medida en que me ha sido posible, intento huir de esos clichés comunes a tantos y tantos discursos (que otros explican mucho mejor que yo, la verdad sea dicha) y ofrecer experiencias que yo mismo he vivido en mi viaje personal. La teoría es sencilla, ampliamente extendida y fácil de comprender.

Lo complicado es ponerla en práctica.

Trajes a medida

En mis primeros y titubeantes pasos por la autopista de los emprendedores, fui a dar con un grupo de profesionales de mi mismo sector, el de la construcción. 2009 daba los últimos coletazos, y la impresión general era la de estar metidos en un pozo realmente hondo, del que no se veía la salida.

Este grupo de unas veinte personas coincidió en un curso de creación de empresas promovido por Barcelona Activa, y para mí fue la puerta de entrada a un mundo en el que yo era quien debía tomar todas las decisiones. Y cargar con las consecuencias si me equivocaba.

Recuerdo especialmente una tarde en la que uno de los profesores explicaba diferentes métodos para captar clientes. Una de las personas del grupo pidió la palabra y esta fue su pregunta:

– Todo eso está muy bien, pero, ¿cuál de esos métodos funciona?

El profesor, evidentemente, dijo que no hay ningún método que dé mejores resultados que los demás. Que cada uno tiene su contexto más adecuado, y que pensar que existe una fórmula secreta que lo puede todo no es bueno. El comentario de esta misma persona fue:

– Sí, de acuerdo, pero yo quiero saber cómo se consiguen clientes. ¿No hay ninguna manera que digas con esto los vas a tener seguro?

Recuerdo haber pensado, ya en aquel momento, que esta persona erraba el tiro de medio a medio. Porque la realidad es la que nos explicaron ese día: no hay ni fórmulas magistrales, ni atajos, ni nada que se le parezca. Por eso, hemos de sospechar de todo aquello que huela a receta milagrosa.

Prometer la luna

Benjamin Graham, el autor de El inversor inteligente, el libro sobre bolsa más influyente del siglo XX, dice en él que cualquier método científico para ganar más dinero que el resto está condenado al fracaso, y lo está por dos razones. La primera es que Graham no cree que existan recetas de ese estilo. La segunda es que, aun en el caso de que existan, en el momento en que se conviertan en populares y todo el mundo las siga, perderán su eficacia.

En el mundo de la empresa, sucede lo mismo. Todos le prometerán la luna, el cielo, las estrellas y hasta el paraíso si eso no dependiese sólo de San Pedro. Todo el mundo tiene su fórmula mágica para lograrlo, ¿y sabe una cosa?, todas se parecen como gotas de agua. Lo sé porque llevo vistas y leídas unas cuantas.

Nadie puede exhibir un éxito del cien por cien en sus métodos. Déjeme repetírselo: nadie. Habrá quien tenga más aciertos que otros, pero ninguno podrá demostrarle que ha acertado siempre. Por regla general, las luces de alarma se disparan en mi cabeza cuando veo que alguien ofrece una infalibilidad absoluta si se siguen a pies juntillas sus recomendaciones.

Si esos consejos, o la manera de enunciarlos, se parecen razonablemente a algún otro compendio que ya conozca, salgo corriendo. ¿Por qué? Porque no son originales. Y lo que no es original suele ser peor que aquello de lo que procede.

Si la persona que intenta convencerle repite esos consejos como un loro, no corra: vuele. Esa persona no sólo no ha diseñado la piedra filosofal, sino que ni tan siquiera la ha probado. Si fuese así, tenga por seguro que su discurso sería mucho más fluido.

El poder de la experiencia

Mis preferencias suelen decantarse por personas que no tratan de venderme nada, o al menos no lo parece. El discurso que comparten con los demás no tiene absolutamente nada que ver con fórmulas prefabricadas:

  • Lo primero que suelen hacer es desaconsejar la aventura a quien no gusta de pasarse la vida en el filo de la navaja
  • Lo segundo, sacan a la palestra sus batallitas. Pero no las que ganaron, sino las que perdieron
  • Lo tercero, repasan las veces que se han arruinado y se han vuelto a levantar
  • Lo cuarto, remarcan la importancia de no emprender a la desesperada ni de cualquier manera

En suma, lo que hacen estas personas no es vender un paquete cerrado en el que se encuentra todo, sino que se comportan como un hermano mayor que hace todo lo posible por disuadirte de esa idiotez que se te ha ocurrido. Nadie mejor que un emprendedor curtido puede hablar con conocimiento de causa sobre lo que representa lanzarse a la arena con lo puesto, sin tener claro el modelo de negocio, haciendo de hombre orquesta, trabajando más horas que un reloj y perdiendo de vista todo lo que no tenga que ver con su empresa.

Mi consejo es: no se fíe de quien le pinta el mundo color de rosa. El mundo no es de color de rosa, y si desea ser su propio jefe tiene que saberlo cuanto antes.

No se ofenda ni se enfade con el perro viejo que le explique todas sus penurias hasta conseguir lo que ahora tenga. A nadie (y me incluyo en ese grupo) le gusta que le digan cosas que no quiere oír, pero tengo por costumbre escuchar con atención a quien ha recorrido más trecho del camino por el que yo ando.

Hice eso mismo cuando quise tener la ayuda de un experto para emprender en serio. Uno de mis sueños era convertirme en escritor, y el experto que contraté llevaba entonces una docena de libros publicados y vivía de eso y de asesorar a novatos como yo. Un año después, tenía mi primer libro en la calle y el ánimo por las nubes.

Por lo tanto, si encuentra a alguien que le pone en bandeja la luna sin esfuerzo, rechace la oferta e invierta sus esfuerzos en escuchar a quien le señala los socavones en el camino. Quizá no avance tan rápido, pero caminará más seguro.

Andres Castro

ANDRÉS CASTRO

Escritor especializado en temas de marketing y emprendeduría. Colabora en Kenaria en la sección “Siguiente nivel

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1 Response

  1. Reblogueó esto en inscienceblogy comentado:
    ¡Hay que emprender! Y el camino al éxito debe crearse con trabajo duro.

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