Diario de un emprendedor (2): ¿Creíste que era fácil? Pues va a ser que no

Cuando vemos a tantos y tantos emprendedores que se asocian (o que se lanzan en solitario), llama la atención ese aire de final feliz que envuelve a sus historias.

Sin desmerecer para nada los méritos de quienes han conseguido, bien forrarse, bien salir adelante, habría que decirle a la gente que la realidad puede ser distinta y que, de hecho, suele ser distinta.

Empezar de cero

La primera dificultad es definir qué vamos a hacer. Inconscientemente, nos pensamos que nadie más ha tenido la misma idea que nosotros. Y ahí recibimos el primer zarpazo, porque un sencillo estudio de mercado nos va a demostrar que no sólo no hemos sido los únicos en pensar ese X ni en ponerlo en marcha, sino que ni tan siquiera son unos cuantos.

El segundo zarpazo llega cuando pensamos, aún más inconscientemente, que nadie va a hacer ese X como nosotros. Y efectivamente, nadie lo hará como nosotros. Caeremos del guindo cuando nos demos cuenta de que algun@s de nuestr@s competidores lo hacen mejor e incluso mucho mejor. Aunque sólo sea porque empezaron antes…

Caminar con un ojo puesto a cada lado del camino

La segunda dificultad casi podría ir como parte de la primera, pero en realidad es independiente. Porque una cosa es pecar de inocente y otra hacerse el sordo…

Me explico. Cuando pensamos que nadie está haciendo lo mismo que nosotros, le estamos diciendo a todo el mundo que aún no sabemos dónde nos metemos. Eso le pasa a cualquiera.

Cuando pensamos que nadie está haciendo lo mismo que nosotros de la misma manera, estamos demostrando que aún no hemos metido la mano en los productos/servicios de nuestr@s competidores. Eso nos ha pasado a tod@s alguna vez, yo incluido.

Pero cuando ignoramos o despreciamos todo lo que hemos averiguado en los dos párrafos anteriores, lo que le estamos diciendo a los demás es que no hemos entendido nada. ¿Y qué es lo que hay que entender? Pues que, en cualquier sector, vamos a encontrar competencia. A veces, mucha competencia. Y siempre, una competencia muy dura.

No hacer caso de lo que hemos averiguado nos limitará enormemente. Nos impide, en primer lugar, saber más sobre el sector. Esto nos lleva a no hacernos preguntas acerca de las necesidades y gustos de los clientes, y a pensar que hemos dado con una especie de piedra filosofal. Y de ahí al desastre, hay una línea tan fina que la traspasaremos sin darnos cuenta.

Pregunta, pregunta, pregunta

Esto nos lleva a una tercera dificultad, que puede ser determinante en personalidades tímidas como la mía. Porque, una vez metidos en harina, hay que saber todo lo que se pueda sobre el sector, sobre los clientes, sobre los competidores, los proveedores… y eso sólo se sabe preguntando.

¿Ah, pero entonces todo lo que he leído no sirve de nada?

Evidentemente que sí, pero sólo sabremos si de verdad nos va a ayudar si lo contrastamos con la realidad. Eso conlleva varios trabajos imprescindibles, que se llevarán muchas horas de nuestro tiempo y que, a veces, dará como resultado que hemos errado el tiro. Pero esto, con ser duro, no lo es tanto si lo vemos antes de invertir dinero. Como mucho, habremos gastado tiempo y energías.

Los trabajos de los que hablaba se resumen en eso que en el argot llaman estudio de mercado. Y aquí es donde nos perdemos, porque ¿de qué va un estudio de mercado? ¿Qué hay que preguntar? ¿A quién? ¿Qué hago con lo que me respondan?

En mi experiencia personal, relacionada con las aplicaciones turísticas para móviles, ese estudio se centró en buscar apps similares (o exactas; ¿recuerdan la primera dificultad?) y ver qué ofrecían, si eran gratuitas o de pago, en cuántos idiomas, qué aceptación en forma de descargas y comentarios… De todo esto, dedujimos que no había nada exactamente igual a nuestra idea. En el caso de haber encontrado una sola app calcada, tal vez nuestro empuje no hubiese sido el mismo.

Porque eso es lo que pasa cuando uno hace bien un estudio de mercado. Que nos obliga a hacer algo; si no encontramos nada ni remotamente parecido a nuestro X, quizá es que nadie lo quiere. Si lo que encontramos se parece, pero no es igual, quizá hayan detectado algo que nosotros aún no sabemos. Y si es exactamente igual, quizá tengamos que añadir algo a nuestro X o darle un nuevo enfoque para buscar clientes con necesidades diferentes.

Mucho trabajo. Difícil en verdad. Y nadie lo sabe realmente hasta que se pone a ello…

¿Por dónde empiezo?

Supongamos que ya hemos pasado por todo lo anterior, y que aun así hemos detectado algo que podría darnos dinero. El siguiente paso, efectivamente, es crearlo.

¿Y eso, cómo se hace? Depende de lo que queramos crear. Pero, en todos los casos, hay que sentarse y dibujar, escribir, hacer esquemas, hablar, pensar… Eso tampoco se explica. Y de nuestra pericia en esta etapa va a depender, en primer lugar, que logremos llegar a algún puerto, y en segundo lugar, que ese puerto sea el que buscamos.

Hay un ejemplo que me encanta, el de la familia que se marcha de vacaciones. Antes de irse, se aseguran primero de tener sitio donde alojarse; luego, buscan cosas que hacer allí; buscan fechas; acuerdan horarios. Si van en el propio coche, hay que revisarlo y comprobar que no nos va a dejar tirados a mitad de camino, y hay que decidir qué se lleva uno en el maletero. Aparte, si es un viaje largo, hay que prever una serie de paradas para descansar, comer, ir al baño, repostar gasolina…

Emprender viene a ser lo mismo. Hay que definir una primera versión de nuestro X, darle forma, probarla, detectar fallos y/o mejoras, volver a definir nuestro X, darle forma, probarla, saber si vamos por el buen camino o tenemos que replantearnos algo… Antes de poner nada en marcha, hay que invertir muchas horas, y muchas energías. Y conocer el sector, o tener cerca a alguien que lo conozca, porque si no, lo más probable es que nos estrellemos.

La cuenta, por favor

Después de todo lo que llevamos dicho (y leído), falta quizá el aspecto más importante de todos: el económico. Porque llegará un momento, más cercano o más lejano, en el que todo lo que hemos hecho tendrá que ponerse en circulación. Y, especialmente cuando hablamos de vender cosas, eso siempre cuesta dinero. Más o menos, pero cuesta dinero. Y aquí, si me permitís la licencia, os remito al siguiente artículo, porque es un tema que por sí solo lo merece.

Andres Castro

ANDRÉS CASTRO

Escritor especializado en temas de marketing y emprendeduría. Colabora en Kenaria en la sección “Siguiente nivel

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