Diario de un emprendedor (20): La seguridad no existe

Lo más probable es que, a estas alturas de la serie, todo el mundo tenga claro ya que convertirse en su propio jefe es cualquier cosa menos tranquilo. Para los que aún no lo tengan claro, vamos a revisar este concepto.

Todos anhelamos sentirnos seguros. Es lo más normal del mundo. Que el sol salga cada día, que podamos seguir respirando, que la salud nos respete y podamos seguir pagando las facturas, que el fin de semana haga buen tiempo para desintoxicarnos del estrés cotidiano…

Aquí hay algo que se ha colado, digamos que sin querer. ¿Adivinan qué? Efectivamente, poder seguir pagando las facturas.

Hace unos años, cuando parecía que en el mundo civilizado los perros se ataban con longanizas, pensar que el trabajo nos iba a escasear no sólo era difícil de imaginar. Es más, tratábamos de tontos a quienes se atreviesen a insinuarlo.

De la misma manera, al inicio de la crisis ser mileurista (o sea, cobrar menos de mil euros mensuales por trabajar para otro) era poco menos que una deshonra. A principios de 2014, ese mismo mileurista es un verdadero privilegiado.

¿Qué es lo que ha cambiado? El concepto de seguridad. O, mejor dicho, el nivel de seguridad que percibimos a nuestro alrededor. El mundo no es un lugar seguro, por más que nos parezca que hemos logrado domesticarlo. Esa misma palabra es una mera ilusión. El mundo, la naturaleza, no se puede domesticar. Simplemente se ha echado a dormir la siesta.

Más allá de nuestras fuerzas

Pensemos en el tsunami de Japón en 2011. La era digital nos permitió ver en riguroso directo (y las hemerotecas virtuales rememorarlo siempre que lo deseemos) la potencia de la naturaleza cuando decide despertarse y recordarnos cuál es nuestro lugar.

El mundo civilizado asistió impotente a una demostración de fuerza que, a caballo de una ola descomunal, se llevó todo lo que encontró a su paso. Nada que tuviese origen humano fue capaz de detener su empuje. Y me atrevo a decir que nada que se invente de aquí en adelante tendrá mejor suerte si se vuelve a dar el caso.

Cuando las aguas se retiraron, el espectáculo de devastación en un país acostumbrado a los terremotos fue dantesco. Japón ha llegado a unos niveles de construcción antisísmica sorprendentes, y todos hemos visto imágenes de circuito cerrado en las que los edificios se mueven como si tuviesen vida propia, pero no llegan a caerse.

¿Por qué, entonces, no pudieron contener el tsunami? No fue porque no previesen el efecto que un fenómeno semejante podría tener, o porque no tuviesen medios para crear diques de contención con los que hacerles frente. No. El motivo fue, lisa y llanamente, que no existe nada que los humanos actuales podamos hacer para enfrentarnos a la naturaleza cuando ésta se rebela.

Sangre, sudor y lágrimas

Han pasado ya los tiempos en que un título universitario le garantizaba a uno la prosperidad de por vida. Yo tengo uno, y si le digo que lleva tiempo acumulando polvo, puede creérselo.

Un documental televisivo comparó tres generaciones diferentes de ingenieros civiles. El primero de ellos, titulado en los años setenta y ya casi jubilado, tenía un piso enorme en una zona bien situada de Madrid (que, por cierto, pagó en tan sólo dos años), y su sueldo era de cinco cifras… mensuales.

El segundo, titulado en los noventa, no había llegado a esos niveles, pero podía permitirse salir a navegar en su propio barco y conservar algunos buenos clientes.

La tercera, titulada ya en el siglo XXI, era mileurista. Para hacer la comparación más sangrante, era hermana del segundo. Vivía en un piso modesto, con una hipoteca que a duras penas podía pagar, y lo que es peor, sin una perspectiva clara de futuro.

Como ya he comentado antes, en la pared de mi despacho cuelga el título de arquitecto que tantos esfuerzos me costó conseguir. Nadie que esté dentro del sector es capaz de entender que alguien como yo no pudiese ni decidir mis horarios ni cobrar con arreglo a mi cualificación, pero así ha sido. Y no es mi caso el único ni mucho menos.

El trabajo no viene solo

Cuando trabajaba para otros, el esquema laboral solía ser el siguiente: llegar a la empresa, sentarse y esperar a que alguien dejase en mi mesa algo parecido a una tarea. A veces, esa tarea era agradable; otras, lo confieso, era un verdadero coñazo. Algunas, incluso, era una sorpresa, porque aparecía sin previo aviso, alterando todos los planes y desviando mi tiempo y mis recursos a algo que tal vez ni siquiera era importante.

Sea como fuere, el patrón era siempre el mismo: ir a un sitio donde otra persona se encargaba de buscar el trabajo que yo hacía por un salario.

Si el jefe es usted, nadie le traerá el trabajo a la puerta de su oficina. Y, si no sale a buscarlo, o si no ha procurado los medios para que los demás sepan que existe y vengan a contratarle, nadie le pagará un sueldo.

Nadie.

Si logra clientes, puede suceder que la tarea que le encarguen sea engorrosa, difícil, dura y hasta ingrata. Quizá no le paguen lo que usted cree que vale; quizá ni siquiera le paguen. Sin embargo, siempre le quedará el supremo placer de decidir si quiere trabajar con esa persona, el precio que le pone a su esfuerzo y el tiempo que va a dedicarle.

Evidentemente, corre usted el riesgo de que nadie le contrate porque su minuta sea muy cara o porque tarda mucho. Pero esa es su elección. Pero la libertad de hacerlo así, o de cualquier otra manera, es enteramente suya y de nadie más.

No tendrá la más mínima seguridad de que las cosas le vayan bien trabajando en sus proyectos, pero seamos sinceros: ¿de verdad trabajar en los de otros le dará esa seguridad que tanto busca?

¿Seguridad o libertad?

Es muy probable que haya visto esta pregunta en otros sitios. Y seguramente le vendrán a la cabeza varias respuestas. La cuestión es muy simple: en tiempos de crisis, la única seguridad que existe es, por paradójico que suene, la falta de seguridad.

En su empresa, se encontrará con las espaldas completamente al descubierto. Nadie, repito, nadie podrá garantizarle nada, salvo el inhumano esfuerzo que tendrá que hacer para que su sueño sobreviva. Todo lo demás es una pura incógnita.

En un puesto de trabajo por cuenta ajena, la situación es aún más dramática si cabe. Dependientes de una sola entrada de dinero, los que están en este club han de vivir desde hace unos años con la permanente amenaza del despido. Con un agravante: en muchos casos, ni siquiera podrán defenderse diciendo que alguien les ha tomado manía o que hizo alguna barbaridad con la que mereció la patada en el culo.

En muchos casos, la causa del despido será, simplemente, que no le necesitan. O que no pueden pagarle. O ambas cosas. Tendrá la misma seguridad que yendo por libre, pero además perdiendo su libertad, puesto que son otros los que deciden qué hace usted. Su labor será, simplemente, cumplir con lo que se manda. No podrá decidir la manera en que lo hace, ni el tiempo que le dedica.

No quiero decir con esto que emprendiendo le vaya descomunalmente mejor. Ya he dicho antes que nadie va a venir a ponerle el trabajo encima de la mesa a no ser que haya hecho usted algo para darse a conocer. Sin embargo, tendrá una ventaja indudable sobre el empleo tipo. Usted decide cómo hacerlo. Y, si lo hace bien, lo demás llegará.

Siempre y cuando asuma que, una vez embarcado, el mar puede llevarle a cualquier parte. Incluso, al lugar que usted haya escogido.

Andres Castro

ANDRÉS CASTRO

Escritor especializado en temas de marketing y emprendeduría. Colabora en Kenaria en la sección “Siguiente nivel

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