Diario de un emprendedor (3): Todo cuesta dinero

Emprender es una carrera llena de ilusiones, pero también de obstáculos. Hemos tenido una idea, nos hemos recorrido medio mundo para averiguar si alguien nos la querría comprar, hemos preguntado hasta al gato qué le parece y qué cambiaría… y, cuando lo tenemos todo y parece que, por fin, nos vamos a poder lucir en las cenas familiares diciendo que tenemos una empresa, a alguien le da por preguntar cómo se va a pagar esto.

Y entonces nos caemos de verdad del guindo. Porque esto tampoco se explica. Bueno, casi no se explica. Después de maldecir al cuñado aguafiestas que ha hecho la pregunta fatídica que nos ha dejado en el mayor de los ridículos, nos vamos a casa cabizbajos y renegando del materialista mundo que nos ha tocado vivir. Porque, pasada la rabieta inicial, no nos queda más remedio que reconocer que sí, que todo esto tiene un coste. Y que alguien lo tiene que adelantar para ponerlo en marcha y empezar a cobrar.

Es entonces cuando miramos con ojos de lujuria cualquier tijera que nos caiga en las manos, porque es esa justamente la tentación que nos asalta: recortar todo lo recortable. Y nos volvemos a equivocar, tanto o más que cuando ignoramos alegremente la cuestión pensando que todo puede hacerse con lo puesto.

El árbol que tapa el bosque

Lo primero que pensamos es que habrá que prescindir de ese despacho tan bonito o ese local enorme en pleno centro. Por supuesto, ni hablar de una decoración a la última, ni de contratar a una persona únicamente para atender el teléfono. Evidentemente, cuando una empresa empieza todos los implicados son capaces de atender el teléfono, hacer fotocopias, ir a buscar el material de oficina a la papelería de enfrente, limpiar el suelo… y la empresa no es menos digna ni menos eficaz por ello.

Si nuestra actividad depende del lugar donde la llevemos a cabo, hay que ser muy cuidadoso con el espacio físico que elijamos. Vale, de acuerdo, no es necesario estar en primera fila, pero fijarse únicamente en el recibo del alquiler es un mal baremo, porque si buscamos economizar podemos elegir un local con poco (o nulo) tránsito de clientes, y eso nos va a llevar a una ruina mucho mayor.

En cuanto a la decoración… bueno, cada vez es más común ver tiendas que intentan ofrecer un plus en sus productos expuestos en muebles de Ikea. Quizá no es necesario irse tan al extremo, pero desde luego se puede economizar sin necesidad de renunciar a una imagen diferenciada, algo vital en negocios a pie de calle y despachos profesionales.

Hacienda somos todos

Hablo de Hacienda, pero en realidad podría poner en el encabezado a cualquier organismo oficial. Porque otra de las cosas que se pasan por alto es que montar una empresa requiere muchos papeles. Y esos papeles cuestan dinero.

Sí, de acuerdo, cada tanto salen listas que califican a los países en función de las facilidades que dan a los emprendedores que empiezan, y dicen que a España hay que encontrarla en la parte de abajo, entre los países de África, y no precisamente los más ricos. Pero no explican toda la realidad.

No explican, por ejemplo, que tienes que constituir una sociedad. Y no te facilitan la elección, porque cada una tiene sus ventajas y sus desventajas. Y para la mayoría de ellas es necesario sacarse un dinero del bolsillo y dejarlo bloqueado en una cuenta corriente como capital inicial.

Cuando te decides por una, y asumes que tendrás que desprenderte de 3.006 euros y pico (otra lindeza; no redondear la cifra antigua con el cambio de moneda), te enteras de que existe una lista con cientos de tipos diferentes de empresas (ellos los llaman epígrafes). Y que tienes que elegir cuál , o cuáles, se ajustan más a tu perfil.

Por ejemplo, si uno quiere dedicarse a programar aplicaciones para móviles, ha de tener cuidado porque no es lo mismo definirse como programador de software que como desarrollador. Y si uno quiere dedicarse a distribuir alimentos, ha de vigilar, porque no es lo mismo distribuirlos que producirlos, y dentro del concepto producir no es lo mismo cultivar que criar. Y así hasta el infinito…

Si no nos hemos desanimado, el siguiente mazazo vendrá cuando queramos darle carta de naturaleza, porque para constituir esa sociedad que nos hará ricos hacen falta estatutos. O, dicho en castellano de a pie, necesitamos un documento en el que diga cómo nos vamos a llamar, quiénes vamos a ser los socios, qué derechos tendremos, a qué nos vamos a obligar, cómo nos separaremos (porque en las empresas siempre hay alguien que se va, y cuando digo siempre quiero decir siempre), y así un largo etcétera.

Menos mal que sólo queremos fabricar marcos para cuadros; no queramos saber lo que hace falta para poner en marcha una central nuclear…

Y aquí no acaba la cosa; una vez decidido todo esto (y redactado un artículo en el que se diga cómo vamos a ir cambiando los estatutos, porque seguro que nos hemos dejado algo por el camino), hay que ir a un notario, pagar para que redacte los documentos oficiales que nos dan carácter de empresa y registrarlos convenientemente. Otro gasto tonto que, además, es difícil de cuantificar porque los notarios se rigen por unos baremos propios que varían en función del tipo de documento que han de redactar, los valores que en él se especifican…

En resumen: antes de empezar con nuestra actividad, hemos de hacer unos desembolsos importantes para que todo quede legalizado y podamos ganarnos la vida como mejor podamos. Eso, sin contar con que es bastante probable que tengamos que seguir gastando dinero desarrollando aquello que queremos comercializar. Pero esa, amigos, ya es otra historia…

Andres Castro

ANDRÉS CASTRO

Escritor especializado en temas de marketing y emprendeduría. Colabora en Kenaria en la sección “Siguiente nivel

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