Diario de un emprendedor (4): La necesidad es enemiga del riesgo

Ya hemos visto que emprender cuesta dinero. Unas veces más, otras menos, pero siempre tendremos que invertir una cierta cantidad como paso previo. A veces, si lo que queremos hacer es muy ambicioso, requiere un prototipo previo o simplemente hacer acopio de productos para vender, esa cierta cantidad será importante.

No nos engañemos: una aventura de este tipo sólo hay que hacerla cuando uno tiene las espaldas cubiertas de alguna manera, ya sea porque hemos ahorrado un cierto capital, porque lo compaginaremos con un trabajo por cuenta ajena o porque tenemos alguien, generalmente la familia, que nos sustenta mientras ponemos la maquinaria en marcha. Repito: cuando uno tiene las espaldas cubiertas de alguna manera.

Por lo tanto, me parece una irresponsabilidad enorme animar a personas sin formación, ni conocimientos, ni experiencia en este tipo de lides, que se lancen a emplearse por su cuenta, y menos aún que utilicen el dinero del desempleo para pagarse unas cuotas de autónomos que quizá no les lleven a ninguna parte. Y es que emprender sin unos mínimos es como pretender caminar por la Luna en bañador. Lo más probable es que te ahogues.

No somos máquinas, pero estamos programados

Para empezar, no nos han enseñado a pensar por nosotros mismos. Al menos, en la enseñanza básica que yo hice, lo que más se premiaba era la memorización pura y dura y la vomitona correcta de datos en un examen solitario. Tengo que decir que, en ese sentido, me fue de fábula, porque mi manera de aprender encajaba con ese sistema.

Al llegar al instituto, el cambio fue radical. Ya no se trataba de memorizar conceptos, sino de utilizarlos. Y para ello es preciso pensar. Hasta que lo logré, mis notas bajaron en picado. Sólo al llegar a la universidad te encuentras con un ambiente en el que te animan a pensar y a idear formas de mejorar el mundo. Pero no todos tienen la suerte que yo tuve, y se quedaron en el bachillerato, o peor aún, en la escuela básica. Y allí no se educa, se programan cerebros. ¿Para qué? Para trabajar.

¿Y qué se necesita para trabajar? Poca cosa; básicamente, capacidad de aguante, buen talante, mejor ánimo y, en no pocos casos, fuerza física. Pensar, poco, por no decir nada. Para eso, ya están los jefes.

Por eso, cuando cualquier asalariado vocacional se queda sin sustento y oye que, invirtiendo un poco de dinero y montando un negocio, puede salir de la penuria, enseguida se le iluminan los ojos. Pero nadie le ha explicado que eso no es como trabajar.

En efecto; cuando uno es el jefe, no hay nadie por encima a quien echarle las culpas de lo que salga mal.

No hay nadie que le diga a uno qué hay que hacer, porque es uno mismo en realidad quien tiene que buscarse el trabajo.

Y sobre todo, sobre todo, no hay nadie que pague tu nómina, porque en realidad tu nómina la creas tú. Y para eso, perdonen que lo diga así de crudo, ningún trabajador por cuenta ajena está preparado.

Diferentes maneras de resolver un mismo problema

En efecto; cuando la mayoría de nosotros salimos del sistema educativo, lo hacemos con un montón de datos más o menos inútiles en la cabeza que nos servirían para ganar cualquier concurso de televisión. En cambio, nadie nos enseña a pensar, ni a tomar decisiones, y menos a hacerlo en equipo. Porque, lo recordamos todos, el gran coco de cualquier alumno son los exámenes.

Efectivamente; esas pruebas que nos anuncian con varias semanas de antelación. En las que no podemos tener como ayuda más que un lápiz o un bolígrafo. Y en las que copiar o pedir al compañero que nos sople una respuesta está castigado con un suspenso.

En cambio, cuando salimos de la escuela, las pruebas a las que nos enfrentamos surgen en cualquier momento. Tenemos muchos medios a nuestro alcance. Y la mejor manera de resolverlas es apoyándonos en nuestro entorno. Pero no estamos preparados…

Eso lo supe en tercero de universidad. En la asignatura de estructuras nos dijeron, al hacer el primer examen práctico, que podíamos llevar los apuntes que necesitásemos. Eso, que al principio parecía fantástico, podía convertirse en una trampa porque, si no teníamos unos mínimos conocimientos de lo que estábamos haciendo, no sabríamos usar esas ayudas.

Es decir: en estos casos, necesitábamos pensar. Y para eso hay que estar preparados.

Enemigos del riesgo

No estamos preparados para el riesgo continuo que supone ser nuestro propio jefe. El sistema educativo no nos enseña a valorar los errores, sino a estigmatizarlos. Y hemos de tener en cuenta que cometer errores es lo más normal del mundo.

Miremos si no cómo aprende un niño a andar: prueba, se cae, vuelve a probar, vuelve a caerse, y así hasta que se tiene en pie. Poco a poco, y a fuerza de seguir ese método, logrará andar con soltura en poco tiempo.

Lo mismo puede decirse de andar en bicicleta, y de eso sé algo porque aprendí de mayor. Hay que fracasar muchas veces hasta darse cuenta de que es simplemente cuestión de equilibrio y de pedalear para no caerse. Con el tiempo, paciencia y muchos intentos fallidos, uno al final lo consigue.

La escuela nos programa para rechazar el error. Nos enseñan un mundo ideal en el que otros se encargan de cuidarnos y de darnos soluciones para todo. Y, cuando necesitamos herramientas para valernos por nosotros mismos, no las tenemos.

Por eso, cuando llega el momento de emprender, vamos de error en error (y el uso de la primera persona del plural no es retórico). Porque estamos como pez fuera del agua; porque, por primera vez en nuestra vida, somos completamente libres de ir a donde creamos más conveniente.

Y, por paradójico que suene, es cuando más miedo tenemos.

Esto, que ya de por sí es complejo de gestionar cuando uno tiene una cierta tranquilidad económica y puede permitirse el lujo de perder algún dinero en una inversión no exitosa, es aún más delicado cuando todo lo que tenemos es una prestación por desempleo por todo colchón. Dicen que, para emprender cualquier tipo de negocio, es necesario contar al menos con el dinero suficiente para soportar medio año sin ningún tipo de ingresos.

Yo diría que son pocos.

Si sirve de algo, mi consejo es que quien quiera meterse en este tipo de cosas tenga preparado el equivalente a un año, y si pueden ser más, tanto mejor. Desarrollar una idea es una carrera de fondo llena de imprevistos y de obstáculos de todo tipo. Puede ser un trámite burocrático, un socio que se descuelgue en el último momento, un prototipo que falle o, simplemente, un mal cálculo de tiempos o recursos.

Cualquier cosa, repito, cualquier cosa puede retrasarnos en nuestros objetivos. Y si no tenemos una mínima tranquilidad económica, o el suficiente apoyo en caso contrario, lo pasaremos mal.

Muy mal.

Por lo tanto, si es usted alguien que no tiene la suficiente capacidad económica para aguantar al menos un año en blanco, es mejor que espere a lograrlo. Porque es muy probable que necesite tiempo para generar ingresos desde cero; y, cuando uno tiene prisa, cada día que pasa sin lograrlo es una tortura.

Andres Castro

ANDRÉS CASTRO

Escritor especializado en temas de marketing y emprendeduría. Colabora en Kenaria en la sección “Siguiente nivel

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