Diario de un emprendedor (8): Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes

No es raro que uno dude cuando se embarca en una aventura empresarial. Y no es extraño que, cuando el camino empieza a ponerse cuesta arriba, sintamos la tentación de bajarnos del barco y volver a la rutina de la oficina bancaria, que ahora no nos parece tan insustancial. Al fin y al cabo, el horario está perfectamente definido, las tareas pendientes se quedan en la mesa de trabajo cuando nos marchamos, y lo más importante, cada mes tenemos el justo premio a nuestro esfuerzo.

Bueno, quizá antes no lo considerásemos justo, pero después de pasar horas y horas tratando de llevar a cabo ese sueño, hasta lo que antes nos torturaba y desmotivaba adquiere otro aspecto.

¿Por qué me metí en este embolado? nos preguntamos entonces entre juramentos en arameo y aspirinas para el dolor de cabeza.

¿Por qué me metí en este embolado?

Buena pregunta.

De hecho, es una muy buena pregunta.

¿Por qué? Pues porque, en el fondo, nos hemos metido en ese lío por un sueño. Y, aunque a ratos sea más bien una pesadilla, conviene detenerse un segundo y consultar nuestro mapa.

Objetivo vs Huida

Lo primero que conviene que respondamos es si lo que perseguimos es un objetivo o una huida. Lo diré de otro modo; ese proyecto que estamos intentando llevar adelante, ¿es algo que deseamos con todas nuestras fuerzas, o es sólo una tabla a la que aferrarnos para huir de algo?

Si tenemos dudas, únicamente hemos de plantearnos la siguiente hipótesis: que, por el motivo que sea, ese modelo en concreto no se pueda llevar a cabo (porque no sea rentable, porque no hay un mercado suficiente…). Pensemos que eso llega a suceder. Si esta circunstancia nos obliga a replantearnos la idea, o incluso a abandonarla por otra distinta, ¿seguiremos empujando con la misma ilusión?

Si la respuesta a esta pregunta es no, tal vez deberíamos tomar otro camino. Pero si no nos importa ser flexibles y adaptar nuestra idea a los nuevos parámetros detectados, vamos bien.

Ojo, no quiero decir con esto que automáticamente hemos adquirido un salvoconducto que nos proteja de los riesgos; pero sí es verdad que, si no nos hemos enamorado de un único procedimiento, podremos superar más fácilmente ese minuto de duda.

No tenemos jefe; nosotros somos el jefe

Lo segundo que hemos de recordar es que emprender supone convertirse en el jefe. Lo máximo que lograremos si tenemos socios es tener otros jefes, pero serán como nosotros. Es decir, estaremos en el máximo nivel de nuestra empresa.

Eso significa que hay que tomar decisiones. Y decidir supone correr el riesgo de acertar. Pervierto el lenguaje porque doy por supuesto que cualquiera que lea este artículo sabrá que también existe el riesgo de errar. Y que, en algún momento de nuestra vida, nos vamos a equivocar. Sí o sí.

La diferencia cuando uno es el jefe, sobre todo si tiene personas a su cargo, es que esas personas esperarán que sea uno quien decida dónde hay que ir. Y, si no están de acuerdo con nuestras decisiones, nos van a poner a caer de un burro. Exactamente igual a como hacía uno cuando era empleado.

Hemos de preguntarnos si vamos a ser capaces de soportar, por un lado, la presión de decidir con las espaldas al descubierto; y, por el otro, las murmuraciones de los subordinados. Es humano dudar en estos supuestos pero, si queremos salir adelante de verdad, hemos de tenerlos presentes y gestionarlos con toda naturalidad. Al fin y al cabo, es nuestro proyecto.

¿Quién paga esto?

Otra sorpresa que nos reserva emprender. Lo hagamos solos o en compañía de otros, ha de quedarnos claro que, en mayor o menor medida, tendremos que arriesgar nuestro dinero. Y ahí, amigo, es cuando de verdad a uno le tiemblan las piernas.

Porque, cuando trabajamos para otro, parece que todo es gratis. El alquiler del local, los suministros, el material de oficina, el stock… En cambio, cuando es uno quien se sienta en el sillón del jefe, cae del caballo y advierte, con una mezcla de sonrojo y pánico, que hay que rascarse el bolsillo.

La primera tentación es mirar a derecha e izquierda para ver si hay alguien, ya sea un socio si lo tenemos, ya sea un inversor, nos echa gentilmente una mano. Y el pánico se convierte en terror puro cuando nadie da un paso al frente.

¿Tenemos entonces el valor de sacar la cartera y pedir la cuenta? Aquí, vamos a ver con una claridad meridiana si realmente nos creemos lo que estamos haciendo. Quien pueda responder afirmativamente, seguirá adelante.

Quien no, ya sabe…

Compartir riesgo, sí. ¿Compartir beneficios?

Supongamos que tenemos el valor de correr con los gastos, pero descubrimos con horror que no podemos pagarlos todos. Da igual que sea porque hayamos calculado mal alguna partida, por algún imprevisto o, simplemente, porque ya hemos sacado más veces el monedero y el pobre está temblando. Lo que toca en este momento es pedir ayuda.

Tenemos dos lugares básicos a los que acudir: un banco o un inversor, profesional o amateur. El primer caso no tiene más historia: el banco prestará el dinero y pondrá condiciones por escrito para que se le devuelva. Punto.

El segundo es algo más jugoso. Si el inversor se limita a prestarnos dinero, puede actuar igual que un banco, con lo que nos vamos al párrafo anterior. Aunque también puede implicarse en la gestión, ayudarnos a establecer contactos con potenciales clientes… todo ello a cambio de un porcentaje en la sociedad, y por lo tanto en los beneficios futuros.

Con la iglesia hemos topado, Sancho.

¿Estamos dispuestos a un trato de esas características? Las alternativas son bastante claras: si aceptamos, perdermos el control total de lo que hacemos, aunque ganaremos músculo financiero y saber hacer. O podemos mirarlo al revés: ganar músculo a cambio de perder control.

Si respondemos que no, mantendremos el control pero perderemos una oportunidad de saltar adelante. O al revés, perderemos impulso pero seguiremos siendo los dueños.

No hay nunca una respuesta única. Es más, de las dos posibles he hecho dos variantes porque, en cada caso, podemos pensar una cosa distinta. Si nuestro sueño es lo más importante, puede que queramos sacrificar parte del timón para darle impulso, pero miraremos con lupa todas las condiciones y, acto seguido, las negociaremos.

Existen muchas más variables que considerar cuando nos asaltan las dudas, pero por regla general las más comunes suelen estar relacionadas con los cambios en la idea, la falta de confianza en uno mismo cuando el camino se pone cuesta arriba, los gastos y la entrada de capital ajeno.

Si tenemos claro lo que queremos hacer, responder a esos desafíos será un poco más fácil.

Andres Castro

ANDRÉS CASTRO

Escritor especializado en temas de marketing y emprendeduría. Colabora en Kenaria en la sección “Siguiente nivel

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