Diario de un emprendedor (9): Una cosa es ser amigos y otra ser socios

Suele ser habitual que la tarea de montar una empresa se haga entre dos o más personas, generalmente amigos de toda la vida y/o compañeros de trabajo.

En un primer momento, tod@s ponen la máxima ilusión y una gran cantidad de horas de trabajo desinteresado. Lo cierto es que, al principio, todo avanza como la seda y a un buen ritmo, y es probable que, en pocas semanas, haya algo tangible que poner en el mercado.

A partir de ese momento es cuando empieza la diversión. Porque muchas cosas se aprenden sobre la marcha, y una de ellas es la constitución de la sociedad.

Bendito papeleo

La primera duda es el tipo de sociedad. Porque no hay uno solo. Y cada uno tiene sus peculiaridades, dependiendo del tipo en sí, de la tributación, de las bonificaciones, del régimen sanitario…

No acaba aquí la cosa. Una vez decidido esto, hay que dotarla de capital. Esto, salvo que uno se establezca como autónomo, es obligatorio, y además debe hacerse antes de constituir la empresa. Y aquí es donde se puede desatar la gran batalla.

¿Todos somos iguales?

Nada puede arruinar antes una buena amistad o una familia que el dinero, sobre todo cuando no existe plena seguridad de recuperarlo. Y una empresa nunca le va a garantizar eso. Se lo repito por si ha pasado demasiado rápido sobre la frase anterior: nunca. Y la dotación de capital es la primera piedra de toque.

En efecto; la mínima cantidad que se necesita para constituir una sociedad del tipo que sea está un poco por encima de los 3.000 euros. Hay una pequeña ayuda, y es que pueden aportarse tanto en dinero físico como en bienes que la empresa pueda utilizar. Pero hay que aportarlos, y la forma en que se haga esto va a determinar el peso de cada uno de los socios en la empresa, y su participación en los resultados futuros, especialmente cuando éstos se materializan en forma de beneficios.

Aquí es donde el sistema se tambalea. Porque, por regla general, ninguno de los socios va a querer ponerse por delante de sus amigos para no crear agravios, pero lo que no pasará nunca, y repito aquí también, nunca, es que alguno de ellos se ponga por detrás voluntariamente. Y ese va a ser el verdadero problema.

Repartir (bien) el pastel

¿Cómo se decide la participación de cada uno en la empresa? Hay varias maneras, pero quizá la menos adecuada sea la de repartir en porcentajes iguales para todos. ¿Por qué? Pues porque, aquí también, esa va a ser la opción menos común.

No es nada extraño que, de todos los socios, haya alguno que esté trabajando y no tenga el propósito inmediato de dejar su empleo, algo muy razonable dicho sea de paso. Tampoco es extraño que haya socios que estén en paro y, por lo tanto, dispongan de más tiempo para dedicarle al recién nacido, pero también suele ser habitual que éstos sean los que menos liquidez tienen, por lo que, en teoría, quedarían en posición de inferioridad.

¿Qué es lo que se hace entonces? Lo mismo que Salomón con el bebé en la Biblia: partirlo en tantos trozos como madres lo reclamaban. Pero es, quizá, la elección menos adecuada para una empresa.

El que no tiene trabajo buscará aportar lo mínimo posible para no dañar su economía, pero en cambio querrá que su trabajo cuente como aportación al común. Al fin y al cabo, él será quien esté todo el día atendiendo a la gente.

En cambio, el que aporta dinero querrá un retorno adecuado. Al fin y al cabo, el que no trabaja tiene algo que hacer gracias a que su antes amigo paga el alquiler y los proveedores.

Antes de casarse, ¿cómo nos divorciamos?

La mejor manera de hacer esto es sentarse, hacer números de lo que cada uno puede aportar, ya sea en dinero, bienes muebles o inmuebles, horas de trabajo, contactos… y valorar todo lo que no lleve la firma del BCE. Pero no de cualquier manera, sino con arreglo a la ley. Es decir, las horas de trabajo según el convenio, los bienes según una tasación objetiva, los contactos en función de la facturación que generen… y así con todo.

Y, una vez hecho esto, otra cosa no menos importante: plasmar el resultado en un documento legalizado, o mejor aún, en los estatutos de la sociedad. Para que a nadie le queden dudas de cuál ha sido su esfuerzo y cuál será su recompensa. Nadie le garantiza que, aun así, no haya más de una discusión posterior, pero sí le puedo asegurar que se ahorrará unas cuantas, sobre todo las menos importantes.

Para las demás, ya sea una deslealtad, un desacuerdo estratégico, un calentón de verano, una visión de negocio diferente, o simplemente el cansancio de alguno de los socios, hay que establecer claramente en qué condiciones cualquiera de los implicados podrá salir del accionariado, o incluso de qué manera cerrar la sociedad, ya sea por desacuerdo mayúsculo o liquidación.

Y el mejor momento para hacerlo es antes de ponerse en marcha. Los problemas aún no son acuciantes, y todos están lo bastante ilusionados y lo bastante tranquilos como para detenerse a considerar las implicaciones de cada uno y decidir individualmente si quieren arriesgarse más o menos.

Además, existe otro argumento que da mucha tranquilidad. Saber que uno se puede bajar del tren si las cosas van mal, o no van como nosotros queremos, rebaja mucho la tensión. Y si uno, además, tiene claro de qué manera ha de hacerlo si llega el caso, aún estará más tranquilo.

Hacer esto cuando todo está en marcha y los negocios ya se han mezclado con las relaciones personales es muy mal negocio. La tensión puede ser grande, sobre todo si las cuentas están en rojo, y los reproches pueden salir con gran facilidad. Por eso es tan importante dejar claras las reglas del juego antes de empezar la partida. Ya es suficientemente complicado resolver las diferencias entre socios cuando esas reglas están claras, así que imagínense lo que puede pasar en caso contrario.

Cuando la pobreza entra por la puerta…

No voy a hacer aquí apología ni del emprendimiento solitario ni del de grupo. Ambos tienen sus virtudes y sus defectos, y en cada caso podemos necesitar un camino diferente. Pero, si optamos por liarnos juntos la manta a la cabeza, tengamos claro que, si el dinero no entra en la caja, no recordaremos las noches de juerga con nuestros socios.

Tampoco recordaremos las confidencias entre café y café, ni las manos que nos hemos echado mutuamente en momentos delicados, tanto dentro como fuera del trabajo. Sólo veremos que las cuentas no cuadran, que cada uno parece que va por un carril diferente, y que nadie excepto nosotros se preocupa por la empresa.

Todo eso puede ser cierto, pero le diré algo: sus socios, en estos casos, pensarán lo mismo. Y también pueden tener razón.

El esfuerzo merece su recompensa

Para finalizar, una pequeña reflexión: montar una empresa con cara y ojos requiere dinero. En algunos casos, requiere mucho dinero. Y, en todos los casos, hemos de tener muy claro cómo nos vamos a asociar, y hacerlo antes de asociarnos.

Hemos de saber cuánto estamos dispuestos a arriesgar, porque tengamos el porcentaje que tengamos vamos a correr una serie de riesgos. Y lo más importante, hemos de saber valorar la aportació de todos y que eso quede reflejado en el reparto de cromos. Hacerlo así nos puede evitar muchos problemas.

Andres Castro

ANDRÉS CASTRO

Escritor especializado en temas de marketing y emprendeduría. Colabora en Kenaria en la sección “Siguiente nivel

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