Diario de un emprendedor (y 21): Si te dicen que es sencillo, no les creas

El lunes pasado tuve la ocasión de presentar mi primer libro en la biblioteca Elisenda de Montcada. Hablar de la crisis siempre es duro, y más cuando uno se mueve por zonas humildes, en las que la primera reacción es siempre jurar en arameo sobre la clase política y, en general, sobre cualquiera que haya sobrevivido al marasmo.

Para mi (agradable) sorpresa, el debate posterior derivó hacia lo preparada que está la sociedad actual para acometer el cambio que el país necesita. Cómo no, la cuestión de la emprendeduría salió a la palestra, y me encontré con una lucidez tremenda en la boca de quien llevó la voz cantante.

Lo que me comentó esa persona fue, básicamente, que la mayor parte de los que ahora están en el paro no tienen la preparación adecuada para establecerse por su cuenta, y por supuesto para sobrevivir en una jungla en la que la piedad carece de lugar. En los años que llevo por mi cuenta, he llegado a la misma conclusión, y es por eso que he querido compartir con el público de mi blog mis reflexiones personales al respecto.

¿Sueño o cuento?

Emprender se ha convertido en la palabra de moda. En el concepto de moda. En el must de estos tiempos convulsos. Pero esta moda sólo ha incorporado, como siempre, la parte hermosa del cuento. Esa que explica que un puñado de chavales dejan los estudios, se asocian, crean una empresa, la venden y se forran.

Hermoso, ¿verdad? ¿Sabe usted cuánta gente logra esto?

Menos del uno por ciento de quienes lo intentan.

Es más, las estadísticas oficiales explican que un noventa y cinco por ciento de las nuevas empresas no duran más allá de cinco años. Y de las que quedan, otro noventa y cinco por ciento se estrella antes de los cinco años siguientes.

Es decir, una de cada cuatro mil empresas. Como echar la lotería y esperar a que nos toque.

Huir hacia adelante

Otro aspecto sospechoso del emprendimiento en la actualidad es la vehemencia con la que se anima desde los estamentos de poder tanto político como económico a que la gente se ponga en marcha. Se habla de leyes específicas, de las bondades de ser nuestro propio jefe y de tantas otras cosas, pero… ¿de verdad es todo tan de color de rosa?

Creo que, con mis artículos anteriores, ha quedado más que claro que ni mucho menos. La burocracia para poner en marcha una empresa sigue siendo de las más engorrosas del mundo, no sólo de la Unión Europea. Lo más normal es que tardemos varias semanas en tenerlo todo en regla, pero no es extraño que ese tiempo sea de varios meses, e incluso de años en casos especialmente delicados.

En muchos casos, esa burocracia obliga al pobre incauto a tener cerrado el negocio mientras llegan los papeles, lo que le impide facturar, pero no le exime ni de correr con los gastos de la actividad ni de pagar sus impuestos. Cornudo y apaleado.

Pero es que hay más. Hasta hace muy poco, daba igual que el pobre incauto cobrase las ventas que hubiese hecho. El IVA de las facturas debía pagarlo, con lo que la cuesta arriba aún se empina más. Y si el mal pagador es el Estado, la injusticia adquiere tintes épicos.

Con todo, lo peor no es esto, sino la falta de información, la falta de formación y la inadecuada mentalidad del emprendedor tipo. Falta de información acerca del jardín en el que se mete, falta de formación para sobrevivir y falta de mentalidad para enfrentarse a lo que se le viene encima.

Las espaldas cubiertas

Vayamos por partes. La información ya la hemos avanzado antes, pero hay muchas más cosas que el emprendedor novato no sabe.

No sabe, por ejemplo, que no es buena idea aventurarse sin un mínimo colchón financiero, que unos cifran en seis meses, otros en doce y los más concienciados amplían a dos años. Por colchón se entiende tener en el banco el equivalente a los sueldos de seis, doce o veinticuatro meses en previsión de que no entre un solo euro en ese tiempo.

Repito: entre seis y veinticuatro meses sin ganar un solo euro. El emprendedor sensato ha de contar con ese paracaídas, la inversión inicial y un remanente para imprevistos.

A nadie se le explica esto. No vende. Pero es imprescindible para empezar con tranquilidad y para, si llega el caso de cerrar, que todo sea bajar la persiana y marcharse a casa sin deberle dinero a nadie.

¿Entiende ahora por qué sólo emprenden los que pueden?

Hombre orquesta

Lo de la formación es aún más sangrante. Porque, aunque es cierto que uno puede ponerse en marcha sin saber todo lo que se necesita, sí es cierto que uno no puede echar a andar sin tener unos mínimos conocimientos.

Estos mínimos engloban: algo de contabilidad, algo de finanzas, un pedacito de leyes, unas cucharadas de normativas sectoriales, un tanto de espíritu comercial, otro de liderazgo y un mucho, un muchísimo en realidad, de amor al riesgo. Pero esto último no se aprende, por desgracia.

En cuanto a lo demás, hay que ser claros: uno puede contratar a un gestor para que le lleve las cuentas, pero ha de ser pulcro y riguroso para guardar todas las facturas que lleguen a sus manos, en anotar cada gasto que hace y en tener apuntadas en la agenda todas las fechas señaladas para ponerse en paz con Hacienda, que son unas cuantas.

Uno puede contratar a un asesor fiscal para que gestione todos los trámites legales, pero hay que saber qué leyes nos afectan y cuánto cuesta no hacerlo así.

Uno puede poner en plantilla a los mejores comerciales para que lleven nuestros productos a todas partes, pero si no logramos que se crean lo que están vendiendo no nos servirán de nada. Y, al principio, es más que probable que no podamos pagar su sueldo, a no ser que haya un experto en esas lides asociado con nosotros.

Para gestionar todo esto, hay que estar hecho de una pasta especial, o bien haberse preparado para ello. Si tenemos gente a nuestro cargo ayudándonos, no sólo hemos de saber en cada momento qué hay que hacer, sino que hay que saber transmitirlo a esas personas, y lograr que nos ayuden a ir hacia adelante. Eso se llamaba antes autoridad. Hoy, se llama liderazgo.

¿Por qué es tan importante? Porque, admitámoslo, no todos sabemos ni dar órdenes, ni dirigir, ni coordinar equipos. Para dar órdenes hay que tener claro que la responsabilidad es nuestra; para dirigir, hacia dónde queremos ir; para coordinar, cuáles son las virtudes y defectos de los que están con nosotros.

Para eso, o nace uno con un don especial, o lo cultiva a base de años. Y eso no es lo más común entre los emprendedores novatos. ¿Por qué? Porque la mayoría vienen del club de los asalariados, y ahí, perdón por la crueldad, no suele ser necesario saber todo eso.

Como un pulpo en un garaje

Lo que acaba sucediendo es sencillo y demoledor a la vez: hemos lanzado a la arena a multitud de personas sin los suficientes recursos personales para enfrentarse a una tarea que, aun limitándose a vender pipas en un puesto callejero, requiere de una mentalidad por completo diferente.

Salimos de un sistema educativo en el que, al menos durante una decena larga de años, se nos enseña a actuar en vez de pensar. En una economía como la española, básicamente mecánica, la capacidad de pensar, de razonar y de tomar la iniciativa no sólo no es necesaria, sino que es incluso molesta. Un empleado de una cadena de montaje no necesita saber cómo se delegan labores en otros, porque él va a ser el delegado.

Tampoco necesita saber cómo funciona una empresa, porque su labor será hacer lo que otros le digan que tiene que hacer. Y claro, cuando llegas a los treinta, o incluso a los cuarenta, esa mentalidad de obediencia está tan arraigada que es casi imposible cambiarla.

Mi caso no fue muy diferente. A pesar de tener un título universitario y de haber aprendido a pensar, ese aprendizaje fue sólo parcial. Aunque mi titulación me faculta para dirigir una empresa (no en vano, los arquitectos somos los máximos responsables de las obras que firmamos), el plan de estudios que hice apenas mencionaba estos temas. Eran demasiado mundanos…

Lo que sucedió cuando la crisis de 2007 empezó a instalarse entre todos nosotros fue que, al verme en la necesidad de buscar nuevas fuentes de ingresos, no sabía cómo hacerlo. Y el proceso necesario para poder escribir sobre ello como he hecho en esta serie de artículos me ha llevado cuatro años largos.

Historia de una ida sin vuelta atrás

Todo empezó en 2009. Fui a dar con mis huesos en un curso de creación de empresas en Barcelona Activa junto con diecinueve personas más sobre un total de cien candidatos. Lo primero que aprendí fue que, en realidad, no tenía ni idea de lo que suponía emprender. No en vano, mi experiencia como arquitecto había sido siempre por cuenta ajena. Es decir, alguna otra persona tenía la última palabra.

Lo segundo que aprendí fue que existía todo un mundo detrás de cualquier empresa, fuese del tamaño que fuese. Aprendí que hacía falta tener una idea de lo que hacer, unos conocimientos para llevarla a cabo y una mentalidad de riesgo de la que carecía entonces. Fueron tres meses intensos, en los que me di cuenta de que la universidad me había preparado pésimamente para la vida, algo que ya supe cuando aterricé en mi primer trabajo y tuve que aprender desde cero.

Después de esto, tuve que aprender a elaborar un plan de negocio. Y no es una tarea menor: hay que saber qué quiere uno vender, a quién, cómo se fabrica, cuánto cuesta, por cuánto lo venderemos, qué beneficio vamos a sacar, quién más hace lo mismo que nosotros…

Aparte de eso, hay que elaborar un plan económico a tres años vista, hay que hacer un exhaustivo estudio de mercado para saber contra quién competimos, y hay que saber vender el resultado final a posibles inversores si es que la cosa va bien y necesitamos más liquidez para crecer.

Todo esto, y aquí viene la segunda enseñanza, sabiendo que en cualquier momento nos tocará cambiar algo, bastante o incluso todo, porque la vida es imprevisible y tiene la caprichosa manía de ir por donde le da la gana sin pedirnos opinión.

Esto fue sólo el inicio del viaje. Poco a poco, te das cuenta de que la vida es infinitamente más dura de lo que pensabas. Nadie te apoya, y no porque te tengan una especial manía, sino simplemente porque están pendientes de sus asuntos. Y está muy bien que así sea.

Aprendes también a hacer literalmente de todo, y te sorprendes haciéndolo sin rechistar: atender al teléfono, recopilar facturas, pasar una hora de cola en Hacienda… Y eso, después de recuperarse de la impresión que supone saber que una empresa, por pequeña que sea, necesita de todo eso y muchas más cosas.

Pasado un tiempo, empiezas a sentir curiosidad por saber más sobre cómo funciona una empresa. Aprendes que existen diferentes tipos de empresas, y que cada una tiene sus propias reglas. Te encuentras pasando horas y horas en las librerías hojeando libros que hablan sobre liderazgo y ventas en vez de haciendo cola para que el famoso de turno te firme un libro que seguramente no ha escrito.

Como último paso, te encuentras una mañana cualquiera pensando en cómo mejorar la idea que tuviste la noche anterior, y eso lo haces mientras te afeitas casi de memoria. En ese momento sabes que has hecho el cambio y que, por más que quieras, ya no hay vuelta atrás.

Mientras puedas, no volverás a trabajar para otros.

Ese proceso, que parece tan fácil, a mí me llevó cuatro años. Y me duele decirlo, pero ha sido imprescindible para que pueda encarar con mínimas garantías de éxito esta carrera de fondo. Y me duele también decir esto: cualquier persona que quiera salir adelante por su cuenta tendrá que hacer un camino similar, que puede durar más o puede durar menos, pero que no se puede ni acortar, ni abreviar, ni eludir.

Suerte si se decide a recorrerlo.

Andres Castro

ANDRÉS CASTRO

Escritor especializado en temas de marketing y emprendeduría. Colabora en Kenaria en la sección “Siguiente nivel

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