Diario de un escritor (1). Revisando el trabajo de un año

¿Cómo reaccionas cuando un maestro de la novela negra te dice, después de que hayas escrito ciento ochenta páginas, que tu personaje principal está un tanto… digamos diluido? En un primer momento, te sientes igual que un ñu del serengeti en mitad de Times Square. Después, entras en pánico. Y luego, en la tranquilidad del sofá, te haces La Gran Pregunta.

– ¿Y si tiene razón?

El problema viene cuando, después de darle muchas vueltas, resuena en tu cabeza La Gran Respuesta.

– Pues igual es verdad.

El remate llega después, de la mano de La Gran Reflexión.

– Ahora sí que hay que trabajar.

Porque, para hacerlo todo aún más complicado, la opinión del maestro es que el relato está muy bien escrito, con grandes diálogos y con algunos hallazgos remarcables. Traducido al castellano: todo es interesante, excepto el protagonista. Y sólo hay dos maneras de solucionar esto. La primera es volver a empezar. La segunda, modificar la trama para que el peso del rey del Somorrostro sea el que le corresponde por derecho y enganche al lector.

¿Qué camino escogí yo? Ninguno de los dos. Para mi fortuna, tengo por costumbre organizar muy bien los archivos que utilizo en mi trabajo (algo que nunca diríais viendo la mesa de mi despacho), y cada cierto tiempo cambio el nombre del principal, así que, al final de todo el proceso, acumulo varias fases. Lo que hago con las fases antiguas es archivarlas en una carpeta independiente, y como El rey del Somorrostro es una historia compleja, que abarca un cuarto de siglo y tiene una docena de personajes con cierto peso, el material acumulado tendría un grosor considerable si lo convirtiese en papel.

Tras el ataque de pánico, la crisis existencial y la constatación de que el análisis del maestro era acertado, recordé que, en las primeras versiones de la parrilla previa a la escaleta, tenía una serie de hechos vitales del protagonista que, por sí solos, bastarían para una novela completa (moraleja: con la capacidad que tienen los ordenadores actuales, no vale la pena borrar archivos; nunca se sabe cuándo los puedes necesitar).

Algo más tranquilo, me enfrenté con el siguiente punto del orden del día: el exceso de personajes. O mejor dicho, el exceso de personajes con más peso del que les corresponde. Eso me ha llevado a prescindir de uno de los que había diseñado con más mimo (inspirado, paradojas de la vida, en alguien que no me trae muy buenos recuerdos; ¿será por eso que le puse tanto empeño?; creo que eso merece un post aparte). Me ha costado bastante, porque me servía para sacudirme algunos fantasmas del pasado y para explicar cosas que me interesa que el lector que no conoce el mundo del ladrillo sepa que existen, pero la ventaja de trabajar con una escaleta, una parrilla, un listado de personajes y tantas otras herramientas es que sabes dónde está todo, y puedes hacer cambios sobre la marcha con seguridad.

Bueno, en realidad, donde he dicho me ha costado bastante debería decir me está costando bastante, porque es un proceso a varias bandas en el que estoy metido de lleno, y que pasa por delante de todo lo demás. Estoy retocando lo ya escrito desde el principio y estoy rehaciendo la escaleta, con los cambios que ya ha sufrido desde que empecé a escribir el manuscrito definitivo, más la subtrama recuperada del protagonista, más los cambios a los que me obliga la supresión de un personaje, que aprovecharé cediéndole sus rasgos a otro que sí se va a quedar porque tiene un peso importante.

Con todo eso, y con los cambios que vayan surgiendo de aquí al final. Que los habrá.

¿Creéis que lograré integrar todo eso sin dejarme la piel en el intento?

 

SIMÓN CASAS

Fundador del sitio web Kenaria, donde comparte su experiencia como escritor y ayuda a otras personas a dar forma a sus historias. Su último libro, co-escrito con el coach financiero Israel Pardo, se titula “Gana el juego del dinero”.

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