El pastiche de la Ley de Costas

El litoral español está que trina con la nueva Ley de Costas. Y los ecologistas. Y la gente de izquierdas. Y cualquier amante del mundo, que nos guste o no es el único que tenemos y matándolo nos suicidamos automáticamente.

Y es que no es buena noticia amnistiar durante 75 años las construcciones que invaden el espacio costero protegido, aunque estuviesen allí mucho antes que la Ley de Costas de 1988.

No es buena noticia que no sólo no se obligue a derruir determinadas construcciones a partir de 2018 para deshacer parte del mal que se le ha hecho al litoral, sino que se acorte el espacio a proteger a tan sólo 20 metros.

No es buena noticia que cualquier avión que sobrevuele la costa española muestre un catálogo de toda clase de atentados urbanísticos y medioambientales, a cuál más hortera en el caso de las urbanizaciones de lujo, impersonal en el caso de las segundas residencias de la clase media y desmesurado en el caso de los pueblos turísticos. Y no es buena noticia que esto lo diga un arquitecto, porque esto quiere decir que la cosa se nos ha ido de las manos.

 

Será porque me crié en un barrio de la periferia de Barcelona, tan necesario en los años del franquismo como cutre. Tan igual a otros de toda España que no importa dónde esté.

Será porque ese barrio estaba encima de una montaña; porque, desde lo alto, veía media Barcelona… y porque lo único que se veía era un mar caótico de edificios.

Será porque, cada domingo por la mañana, me iba con mis padres y mi hermana a comerme el almuerzo a Collserola.

O será, simplemente, porque me parece una aberración acercarme al mar y tener que esquivar edificios horribles de veintitantas plantas llenos de gente sin el menor interés por nada que no sea alimentar un cáncer de piel y castigar su estómago con paellas de plástico y ensaladillas salmonelosas.

Será porque me parece una estupidez como un castillo dejar que se construya a dos pasos mal contados de un mar que, el día que tose, es capaz de llevarse rocas milenarias, más aún estructuras raquíticas que a veces se sostienen con alfileres.

Será porque lo considero no una aberración, sino un peligro con todas las letras. Como construir al lado de un río y luego lamentarse porque ese mismo río se cabrea una mañana de lluvia y se lleva todo lo que encuentra. La misma estupidez.

O será, en fin, porque no me entra en la cabeza que haya gente tan soberanamente imbécil que ponga en peligro el único suelo que tenemos, la única naturaleza que tenemos, y que lo haga por algo tan inconsistente como la economía. Porque existen más de tres millones de viviendas vacías en toda España, y por lo tanto sobran lugares donde realojar a los afectados.

 

Lo único cierto es que seguimos sin aprender nada de lo que nos ha pasado con el ladrillo. Seguimos tomando la vivienda por una inversión de primer orden y un valor de cambio no biodegradable. Seguimos valorando nuestra felicidad (y la envidia ajena) por la cercanía a los lugares naturales, sin caer en la cuenta que haciéndolo así los destrozamos y hacemos que pierdan todo su valor.

Seguimos creyendo que el mundo es nuestro sin pararnos a pensar que, si nos lo cargamos, nos vamos automáticamente a la mierda, y que NADA de lo que hayamos hecho nos sobrevivirá demasiado tiempo.

Seguimos pensando que todo lo que hacemos es inocuo, cuando la realidad es que las calles retorcidas de cualquier gran ciudad han sido así desde hace quizá quinientos años o más, lo que convierte cualquier error en un problema permanente.

Y seguimos pensando que los perros se atan con longaniza; que los precios no van a bajar; que la vivienda es un valor seguro, y que las desgracias y los errores siempre les pasan a los demás.

Puede que esta Ley de Costas sea un error ajeno, pero lo pagaremos todos. Y más pronto de lo que pensamos.

 

SIMÓN CASAS

Fundador del sitio web Kenaria, donde comparte su experiencia como escritor y ayuda a otras personas a dar forma a sus historias. Su último libro, co-escrito con el coach financiero Israel Pardo, se titula “Gana el juego del dinero”.

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