Epitafio (tres horas antes del final)

Irreal. Como un amanecer tras una noche en blanco.

Así se ve al hombre. Dormido. Tranquilo.

Al menos en apariencia…

 

Cuesta pensar que ya no estará,

que se va,

que la vida se lo lleva de a poco.

La misma que tan pendejamente lo trató.

 

Avisó una vez, y el hombre respondió como de él se esperaba.

Avisó una segunda, y el hombre volvió a vencer el pulso.

La parca se lo pensó y fue por otro.

Durante un tiempo,

infinitesimalmente infinito,

pareció que se había ido.

 

Todo se jodió una noche.

La vieja amargada volvió a llamar a la puerta.

Esta vez trajo las maletas.

Se instaló en medio de todos los salones. Deshizo la cama. Robó los sueños. Quemó los planes.

Se adueñó del tiempo de los que rodeaban al hombre.

Confundió el día y la noche. Mezcló un día con otro.

Juntó los recuerdos y las vivencias.

Al principio no la ves venir;

te desorienta igual que al hombre.

Se viste con bata de hospital y te adormece como a él,

gastas energía en convencerle de que no pasa nada,

sacas de la memoria enseñanzas olvidadas para distraer cabecitas infantiles,

gran ayuda para que la puta de negro se esconda mejor.

 

Cuando a la fuerza asumes que hay que luchar en vano,

bajas la testuz y te marchas en silencio,

la lengua mordida y los ojos colorados.

De nuevo en el mundo conocido, bajas la guardia.

La bajas porque el hombre revive.

Vuelve a ver el sol desde su ventana,

huele el verde de sus olivos,

de nuevo pisa tierra amiga.

 

Más pronto que tarde,

el cansancio puede más.

El sol y los olivos dan paso al sofá,

más tarde a la cama.

 

 

De a poco se apaga.

Al final, o casi al final, quedará un ronquido monótono.

Dentro de poco, nadie sabe cuánto, sólo el recuerdo.

 

Es ahora que lo ve claro,

ahora que el dolor comienza a sangrar.

Cuando el hombre flaqueó, le sostuvo.

Cuando estaba indefenso, le protegió.

Cuando cayó, acertó a levantarlo.

Y, aunque nunca sabrá si fue escuchado, le habló.

Le habló de orgullo, de amor, de fuerza.

Quién sabe si el hombre guardará recuerdo de eso,

si podrá llevárselo cuando la puta nos lo quite.

 

No importa.

Quien esto escribe siempre podrá recordar algo.

Las últimas palabras que el hombre le oyó decir fueron te quiero.

 

Cuántos desearían haber tenido esa oportunidad

 

SIMÓN CASAS

Fundador del sitio web Kenaria, donde comparte su experiencia como escritor y ayuda a otras personas a dar forma a sus historias. Su último libro, co-escrito con el coach financiero Israel Pardo, se titula “Gana el juego del dinero”.

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