EuroVegas. ¿El modelo que queremos?

Desde hace unos meses, Madrid y Barcelona compiten de manera abierta (y quizá subterránea también) por llevarse la versión europea de Las Vegas. Todo el mundo ha oído hablar de esta historia; y quienes me conocen, saben que tengo una opinión muy clara al respecto: en Barcelona nos harían un favor si se llevasen el proyecto a otro sitio. Y creo que nos harían otro aún más grande si ese sitio estuviese fuera de España.

Imagen del complejo de Macau

Desde todos los estamentos políticos, y desde sus altavoces periodísticos, se vende esta operación urbanística como la solución a todos los problemas habidos y por haber en la economía española. Las cifras que se manejan son sencillamente mareantes:

  • Se estima una inversión de 18.500 millones de euros; millón más o menos, lo que nos costará el rescate de Bankia a fondo perdido según su propio presidente. Algunas estimaciones suben esta inversión prevista a casi 27.000 millones.
  • Se deberían crear alrededor de 200.000 puestos de trabajo, 30.000 directos y el resto indirectos. Eso supone una tercera parte de los parados que hay en toda Catalunya.
  • La superficie que habría de ocupar este complejo podría llegar a ser de 800 hectáreas; si ponemos esto sobre el terreno, veremos que el Eixample barcelonés cabría entero en su interior.
  • El número de habitaciones hoteleras que está previsto construir es de 36.000, repartidas entre 12 edificios. Eso supone aproximadamente la mitad de las plazas hoteleras de cinco estrellas de toda España y un tercio de las plazas hoteleras disponibles en la provincia de Barcelona o Madrid.

No hemos entendido nada. Llevamos cinco años (cinco; se dice pronto) de una crisis sistémica que nos está dejando literalmente en los huesos; hemos levantado un enorme castillo de naipes sobre un sistema productivo basado en el ladrillo comprado a crédito, y nos ha estallado en plena cara.

¿Qué modelo urbano y económico ofrece Eurovegas, o Sands España, o como queramos llamarlo? Es un modelo basado en una explotación intensiva del terreno, que demandará enormes recursos naturales que quizá no nos sobren (en especial el agua; cada cierto tiempo, sufrimos nuestras buenas sequías). Imaginemos lo que supondría tener cerca un mastodonte semejante; el consumo de recursos naturales que representaría, y la disyuntiva que se puede presentar si llega un momento en que haya que elegir, por ejemplo, entre abastecer de agua a una ciudad pequeña cuyos habitantes llevan allí toda la vida o los hoteles y campos de golf de los nuevos ricos. O la manera de alimentar la voracidad eléctrica de un complejo de estas características. No olvidemos que estamos hablando de una ciudad con todas las letras.

Es un modelo que demanda construcciones de cuarenta y cincuenta plantas, muy alejadas del modelo urbano mediterráneo de cuatro, cinco o como mucho seis plantas. El impacto visual en el territorio es tremendo; las torres de Madrid no son tan altas, y las de Barcelona menos aún. En Barcelona, la polémica viene por la cercanía al aeropuerto; las leyes aéreas son muy estrictas en el mundo civilizado, y ya no se trata de alterar las alturas reguladoras para dar gusto a un empresario con dinero, sino de la seguridad de cientos de miles de viajeros a la hora de aterrizar.

Es un modelo que demanda unas condiciones legales peculiares. Se ha hablado de una moratoria en la ley antitabaco para permitir que se fume en los casinos; se habla de cambios en las condiciones laborales de las personas que trabajen dentro del complejo. Son sólo dos ejemplos, pero el agravio comparativo que se crea es importante. ¿Qué se le va a decir al dueño de un restaurante de la Gran Vía que no puede habilitar una zona cerrada para que la gente fume y se envenene tranquila? Y en lo que respecta al entorno laboral, nos hemos encontrado con una reforma nada amable; y dudo bastante que las condiciones en Eurovegas sean mucho mejores, sobre todo porque la contratación se hará desde cero.

Pero es, ante todo, un modelo cerrado en sí mismo, una isla urbana sin ninguna relación con su entorno (y sin intención de tenerla). Y es, ante todo, un modelo que está jugando con la desesperación de un país que ve esta inversión como el maná de la Biblia. No criticaré al señor Adelson por ello: al fin y al cabo, los empresarios juegan sus cartas y tensan la cuerda hasta donde pueden para conseguir que su modelo de negocio funcione como ellos quieren. Tan culpables son ellos por hacerlo como los políticos por arrodillarse acto seguido para ser los elegidos.

Pero hay una cuestión más, y esta quizá sorprenda a mucha gente: no es tan inmediata la relación entre un gran complejo y el final de la crisis del sector de la construcción. Expondré algunos motivos:

  • Los costes laborales. Es difícil que un peón o un oficial español acepte trabajar por la mitad, o menos, de lo que cobraría en cualquier obra de estar por casa. Aparte de que el orgullo patrio nos impide rebajarnos el sueldo, no olvidemos que estaremos trabajando para empresas extranjeras, con sus propias condiciones. Y que nadie se engañe: ni siquiera un español respeta las leyes laborales de su país cuando puede evitarlo; no le pidamos imposibles a quien acumula una fortuna como la del señor Adelson.
  • Los proyectos. Ojalá, como arquitecto, pudiese arrambar ni que fuese una migaja del pastel, pero este tipo de manjares está reservado a los grandes, o sea, a despachos ya consolidados con buenas relaciones exteriores. Y ni siquiera estos tendrán la responsabilidad principal; serán despachos extranjeros, como en otros tiempos más mediáticos de nuestra burbuja (recordemos la Cidade da Cultura de Galicia, la T4 de Barajas, el Guggenheim…). Para los mortales como yo o el 90% de los arquitectos del país, a verlas venir de lejos.
  • Las obras. Esto tampoco será coto abierto, sino reservado a gente de enjundia: ACS, FCC, Acciona… y eso si consiguen entrar, porque no sería nada extraño ver a empresas americanas, por supuesto con sus propias plantillas de ingenieros, capataces y expertos.
  • Las plantillas de hoteles, casinos y centros de convenciones. Aquí, es posible que quede margen de maniobra, pero pensemos que el turismo que se quiere captar es básicamente europeo, norteamericano y ruso, y de muy alto nivel. Para ello va a ser imprescindible, además de una buena presencia, un gran conocimiento de varios idiomas y una manera de trabajar muy americana, y muy diferente por ello de la mentalidad tan española de ir haciendo. Quizá me engaño, y si es así pido disculpas, pero me parece que este perfil de servicio tan específico y cualificado no abunda, por lo que puede ser que se tenga que suplir con personal extranjero. Eso, sin contar con que Sands pretenda curarse en salud y formar y traer a su propia gente, muy en especial los perfiles directivos, de Relaciones Públicas, marketing, etc.
  • Hay otra cuestión que no se ha publicitado en exceso, y es el coste que las expropiaciones tendrían para la Administración. De acuerdo, es un coste que luego se podrá repercutir en la operación, y seguramente se recuperará con creces, pero los propietarios del suelo que se tenga que expropiar no entienden de eso y querrán cobrar sus indemnizaciones. Y no parece que la economía patria esté para esos dispendios.

Falta por resolver la cuestión más sangrante: quién se llevará los beneficios. Suponiendo que todo lo anterior fuese equivocado y realmente se pudiese repartir toda esa riqueza durante el tiempo que dure la construcción del complejo, una vez esté en funcionamiento ¿dónde irá la riqueza que se genere? Efectivamente: a Sands, o sea, al extranjero. Si somos lo bastante inteligentes para conseguir que, además de gastarse su dinero en las máquinas tragaperras del complejo, salgan de allí para visitar Madrid o Barcelona (dependiendo de dónde se construya finalmente), conseguiremos algo más que unos cuantos puestos de trabajo y unos cuantos millones de euros en impuestos.

Si no, será una oportunidad perdida. Y soy muy poco optimista sobre esta cuestión.

 

SIMÓN CASAS

Fundador del sitio web Kenaria, donde comparte su experiencia como escritor y ayuda a otras personas a dar forma a sus historias. Su último libro, co-escrito con el coach financiero Israel Pardo, se titula “Gana el juego del dinero”.

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1 Response

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