La velocidad de la luz

No importaba nada más. Ni el frío, ni la incomodidad del sillón, ni tan siquiera el temblor de sus piernas, que amenazaban cerrarse en cualquier momento en torno al cuello de su amante y estrangularlo sin piedad. Sólo quedó el placer recorriendo a la velocidad de la luz todo su sistema nervioso, extendiéndose físicamente por sus extremidades y huyendo en tropel a través de su boca abierta.

Más tarde se preguntaría, curiosa, si los vecinos habrían oído sus gritos. Más tarde aún, decidiría que no le importaba lo más mínimo. Durante un par de minutos, todo lo que pudo hacer fue respirar como pez fuera del agua, tratando de recuperar el aire que le faltaba. La ausencia de un suelo en el que asentar sus piernas vino compensada cuando halló, por puro instinto natural, los hombros de Arnau. En ellos descansó sus tobillos, cuidando de no arañar la ropa de él con los tacones de las botas, y dejó que el éxtasis se desvaneciese lentamente.

Miró a Arnau, que permanecía callado, como si temiese romper el hechizo que flotaba en el ambiente, y sintió un súbito deseo de abrazarle, de recogerse junto a él y dejar que pasasen lentamente las horas, los días, los años…

La vida entera.

Pedro Torres

PEDRO TORRES

Escritor especializado en microrrelatos e historias de pequeño formato.

Colabora en Kenaria en las secciones “Microrrelatos” y “La herida vertical”.

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