Las consecuencias

Hace cosa de un año, uno de mis artistas favoritos publicaba nuevo disco, y la canción que le da título me viene de perlas hoy, puesto que empieza con una frase demoledora: las consecuencias son inevitables. Y el estribillo, aunque con otras implicaciones seguramente, también lo es: por qué siempre conviene alegrar a la gente; también de vez en cuando está bien asustar un poco. Quizá si eso nos lo hubiesen puesto sobre la mesa en plena vorágine, las consecuencias podrían haberse evitado.

¿Por qué digo esto? Desde hace tiempo, los indicadores económicos y sectoriales azotan las notas de prensa con las consecuencias de una actitud de derroche colectiva, y últimamente abundan en diversos foros las quejas de numeros@s compañer@s de profesión sobre el desierto en el que se ha convertido el sector inmobiliario. Primer error: pensar que por el mero hecho de ser arquitectos, únicamente podemos hacer proyectos-de-obra-nueva-de-vivienda. De la misma manera que un contable puede trabajar en una empresa constructora que en una de distribución de productos cárnicos o en un almacén textil, un arquitecto puede hacer multitud de cosas; no sólo, y afortunadamente, vivienda.

Segundo error: sentarse a esperar a que venga un cliente con un cheque en blanco (monetario y profesional). Y vinculado a esta idea, otra no menos perjudicial: quejarse porque el cliente nos ningunea como técnicos y lo único que espera de nosotros es que le solucionemos un problema con un mínimo coste. La realidad de la profesión es que el arquitecto tipo que sale de la universidad es básicamente un técnico con pinceladas de artista, pero con muy poca cultura empresarial y nula visión comercial, lo que, a la hora de la verdad, se traduce en una cojera visible cuando hay que correr a buscar clientes.

Por otro lado, ese mismo cliente que, en años anteriores, claudicaba ante los excesos del sector y se tomaba con filosofía el no poder decidir demasiado sobre el uso de su dinero se ha convertido ahora en una especie de ogro que discute hasta el último céntimo y se aprovecha de la necesidad de buenos profesionales para obtener, a precio de saldo, verdaderos becarios a jornada completa. Tan mala es una realidad como otra: de un buen cliente suele nacer siempre un buen edificio, y el valor que tiene el trabajo del colectivo de los arquitectos ha de ser el necesario; desde luego, no más del que se le dio en los años en que parecíamos dioses, pero ni mucho menos el que se nos da ahora, cuando en algunos casos hemos de batallar con uñas y dientes el simple cobro del trabajo realizado.

Por último, aunque es lo más importante de todo, muchos profesionales siguen creyendo que el método antiguo, el que creó la burbuja que está en boca de todos, es el único posible. Es un problema de mentalidad: como ya he dicho antes, cuando nos abren la puerta del mundo laboral, llegamos con la cabeza llena de ideales y muchos proyectos realizados, pero con graves deficiencias en otras materias tan o más importantes. A título de ejemplo, diré que mi horario de universidad tuvo entre seis y nueve horas semanales de proyectos durante cinco cursos y entre cuatro y seis horas semanales de urbanismo durante tres cursos. En cambio, la asignatura de economía ocupó 1 hora semanal durante medio año y la arquitectura legal apenas 2 de un curso. Si a eso le sumamos que, para algunos profesores de universidad, el aparejador es alguien que busca quitarnos competencias, el constructor un scrooge preocupado únicamente por reducir costes y el cliente (clienta, en este caso) alguien a quien sólo le preocupa el color de las baldosas del baño, puede decirse, como en la canción, que las consecuencias son inevitables.

 

 

SIMÓN CASAS

Fundador del sitio web Kenaria, donde comparte su experiencia como escritor y ayuda a otras personas a dar forma a sus historias. Su último libro, co-escrito con el coach financiero Israel Pardo, se titula “Gana el juego del dinero”.

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