‘Las primeras moradas’ ya está a la venta

Hace algo menos de un año, publiqué mi primer libro con el sello madrileño Tombooktu. Desde esta semana, mi segundo libro ya está en la calle.

Portada del libro, publicado por Círculo Rojo

Portada de Las primeras moradas (Editorial Círculo Rojo, marzo 2014)

Esta historia empieza justo en el momento en que Arnau Salas recibe un paquete que contiene una caja llena de fotos de personas a las que no conoce, un diario que explica detalles sobre todas esas personas, y una carta en la que Noel Arbós, viejo amigo suyo en paradero desconocido desde hace un año, le hace una petición sorprendente: ponerse en contacto con una de esas personas y hacerse perdonar por haberla abandonado sin decirle adiós.

En un primer momento, Arnau cree que la situación es absurda, pero finalmente, y tras mucho dudar, decide buscar a esa persona con la que Noel estuvo relacionado durante tres años sin que él, a pesar de la amistad que les unía, supiese absolutamente nada. Comienza así un triángulo amoroso en el que al menos uno de sus vértices siempre está ausente, y en el que los otros dos se asientan sobre un más que precario equilibrio, con la amenaza permanente de caer al precipicio de la soledad.

Esta es mi primera incursión en el mundo de la novela. Y lo hago con una historia que tejí hace ya unos cuantos años a partir de dos experiencias, sin aparente relación entre ellas, pero ambas únicas y con una traslación al relato que sorprenderá a más de uno. Tanto, que creo que merece la pena situar el contexto en que fue escrita.

La primera experiencia tiene que ver con algo que, en la época en que escribí el relato, era todo un experimento sociológico, o al menos así nos lo vendieron. Me refiero al programa de TV ‘Gran Hermano’. Sí, aunque nos ruborice recordarlo, hace algo más de una década fue un verdadero acontecimiento ver a una docena de personas encerradas en una casa haciendo lo que todos hacemos habitualmente, sin maquillar, sin peinar, sin ropa de marca…

Los responsables de ese programa lo presentaron como una especie de experimento en el que analizar el comportamiento humano en un entorno completamente monitorizado y vigilado, en el que nada podría escapar al ojo que todo lo ve ni al oído que todo lo escucha. La realidad posterior fue, como todos sabemos, muy diferente, pero una cosa es cierta: introdujo el voyeurismo en los hogares de todos nosotros y lo convirtió en algo cotidiano y hasta glamouroso.

La segunda experiencia fue totalmente personal, y me dio la clave para iniciar la historia. Tuvo lugar un par de años antes del advenimiento de Gran Hermano, durante un viaje universitario de estudios. Cuando se juntan cincuenta estudiantes de arquitectura en un autobús que recorre el norte de España en busca de edificios, lo que parece más normal es que sus cámaras reflejen, además de los inevitables recuerdos en común, diferentes visiones de la arquitectura local. En el caso de uno de mis compañeros de viaje, esto no fue exactamente así. Armado con una Nikon réflex que apenas cabía en su mochila, no sólo fotografiaba el Guggenheim recién inaugurado o el capricho de Gaudí, sino también a personas que veía por la calle, aparentemente al azar.

Recuerdo sobre todo un muchacho joven que tocaba el violín en pleno centro de Gijón. Intrigado, y también un tanto escandalizado porque me parecía que mi amigo estaba violando su intimidad, le pregunté por qué hacía aquello.

– Me gusta ver a la gente hacer cosas – me respondió con la mayor naturalidad del mundo –. Me gusta que se muestren naturales, tal y como son. Es muy interesante ver cómo se comportan cuando creen que nadie les mira.

Su respuesta me dejó aún más confuso. Sinceramente, en ese momento no fui capaz de entender qué interés podría tener esa manera de ver el mundo, pero los escritores no dejamos de ser voyeurs de otros, y en no pocas ocasiones tomamos fragmentos dispersos de nuestras vidas, o de las vidas de otros, y los engarzamos en relatos parecidos a este. Sea como fuere, ese retazo de conversación quedó grabado en mi memoria, hasta tal punto de inspirar el personaje de Noel.

Así, cuando Gran Hermano aterrizó en TV, tuve la idea de imaginar una historia en la que uno de sus miembros se dedicase a observar a los demás y a tratar de adivinar por ese medio sus pensamientos y emociones. Sin embargo, en el proceso de darle forma a esa premisa, hubo un personaje que empezó en un lateral de la cancha y que, poco a poco, fue ocupando el centro del relato, hasta lograr que, en realidad, sea su historia la que se cuenta. Ese personaje es Marta. Un personaje en el que quien debería haber sido el protagonista sublima su vena voyeur y que, conforme avanza el relato, termina por convertirse en el nudo gordiano de estas moradas.

Y la excusa perfecta para quitarle el polvo a un viejo relato años más tarde. Un relato que, por encima del contexto en que fue escrito, se ha convertido en una historia sobre el error, o mejor sobre una sucesión de errores, y en última instancia, acerca de lo que hablan casi todas las historias: del amor, de sus diferentes variantes y de la capacidad que tiene de nublar la inteligencia humana. Hasta el punto, a pesar de que nos cueste admitirlo, de llevarnos a hacer justo lo contrario de lo que deberíamos hacer.

Muy pronto estará disponible en las librerías, y en un próximo artículo podréis leer un pequeño extracto.

 

SIMÓN CASAS

Fundador del sitio web Kenaria, donde comparte su experiencia como escritor y ayuda a otras personas a dar forma a sus historias. Su último libro, co-escrito con el coach financiero Israel Pardo, se titula “Gana el juego del dinero”.

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