¿Mileuristas? Ojalá… Un poco de historia

Tras hablar del reciclaje profesional de los arquitectos de este país, quisiera explicar al lector de este blog cuál ha sido la realidad del arquitecto durante la burbuja inmobiliaria, para que así comprenda el alcance de la situación que vive en la actualidad el colectivo.

A finales del 2011, en España existían unos 42.000 arquitectos, casi 1 por cada mil habitantes. En los nueve primeros meses de 2011, se visaron en España 55.000 viviendas nuevas, frente a las 750.000 de 2006. Esto quiere decir que, en 2006, un arquitecto podría visar, como promedio, casi 18 viviendas, y en 2011 menos de una vivienda y media. Y los datos siguen a la baja.

Los números son claros. Y la realidad del arquitecto de finales de 2011 es dura: hay poco trabajo y mucha gente desesperada por encontrarlo, sobre todo profesionales jóvenes, de cuarenta años o menos, que no han conocido otra época que la de la burbuja y únicamente se han dejado los ojos proyectando para otros viviendas iguales unas a otras como posesos. Profesionales excelentemente preparados, muchos de ellos con una cartera de proyectos gestionados enorme, pero que se han visto expulsados sin la menor piedad del sistema porque, sencillamente, ya no queda madera para quemar. Como Groucho Marx en el Oeste, hemos quemado el tren para alimentar la locomotora.

Delineantes de lujo con obligaciones de asalariado y precariedad de autónomo

Durante los años de más actividad, se extendió la figura del falso autónomo, que ha servido para sacar adelante multitud de proyectos y de obras en un tiempo récord y con unos costes laborales muy inferiores a los estándares.

¿Qué es el falso autónomo? Un arquitecto, generalmente recién titulado, que trabaja para otro arquitecto que firma el proyecto y asume la responsabilidad legal, y que por ello también se lleva la mayor parte de los beneficios. El acuerdo de trabajo suele ser verbal y el pago por el trabajo se hace como con cualquier profesional externo, valorándolo a partir del número de horas empleadas en el período facturado.

Esta factura contiene los datos de uno y otro, los conceptos, el IVA correspondiente y la retención por IRPF. De esta manera, la relación aparente entre arquitecto empleador y arquitecto empleado tiene todo el aspecto de una relación mercantil. Sin embargo, el día a día solía ser diferente. Lo más habitual es que el falso autónomo tuviese una mesa fija, ordenador propio, horario constante, email y tarjetas de empresa… A efectos prácticos, el arquitecto que trabaja bajo esta fórmula tenía las mismas obligaciones que un asalariado, pero sin muchas de sus ventajas:

  • Tiene plena libertad de horarios, pero eso se convierte en un problema cuando el trabajo se acumula; un asalariado tiene su horario, y cuando llega su hora, puede irse; el falso autónomo no tiene autoridad moral para hacerlo cuando un proyecto está a medio terminar.
  • El asalariado tiene dos pagas extras; el falso autónomo, al no tener un contrato laboral al uso, no puede reclamar este derecho.
  • Para el trabajador por cuenta ajena, la ley reserva dos días y medio de vacaciones pagadas por mes trabajado (el famoso mes de vacaciones). El falso autónomo puede tomarse vacaciones, pero nadie está obligado a pagárselas…
  • En caso de despido, el Estado le pagará al asalariado un subsidio de paro con parte del dinero que se le ha detraído mensualmente de la nómina; el falso autónomo se va con una mano delante y otra detrás, salvo que haya tenido la precaución de pagarlo de su bolsillo.
  • La jubilación y el seguro médico de un asalariado se pagan con una parte de su propio sueldo mediante las retenciones que se le practican por ley (sueldo bruto, sueldo neto, todos conocemos la diferencia); el arquitecto que ha estado trabajando como falso autónomo tiene que hacerlo por su cuenta de manera privada, porque no abundan los empleadores que se avienen a costear ese gasto, aunque sea en parte.

Nada es lo que parece

Son muchos los inconvenientes, ya lo hemos visto. El asalariado, que generalmente no ve el importe de las facturas, cree que es una bicoca poder hacer todas las horas del mundo y cobrarlas, salir del despacho para ir a controlar obras mientras toma el sol, tomarse un día libre cuando le venga en gana y cobrar un dineral a final de mes.

Esto último es fantástico si es cierto. Pero la realidad es otra. Hacer horas está muy bien cuando no tienes obligaciones familiares y quieres hacer un colchón para independizarte, pero llegar todos los días a casa a las nueve o las diez de la noche es descorazonador.

Aunque aún lo es más escuchar a tu jefe carcajeándose cuando quieres tomarte quince días de vacaciones en agosto y te toca aguantar estoicamente que te pregunte qué puñetas tienes que descansar tú con la de trabajo que hay o que, según su criterio, deberías pagar por todo lo que estás aprendiendo.

Tener libertad para entrar y salir del despacho está muy bien, pero no se va uno de compras ni a tomar el sol, sino a pelearse con personas que muchas veces no respetan su propia vida y se mueven por las obras sin casco ni arnés a varios pisos de altura, y a exprimir todo lo posible la capacidad de trabajo ajena para que quien nos paga esté contento y nos siga pagando a fin de mes.

Los días libres de los autónomos son días perdidos. Un asalariado puede pedir un justificante médico y conseguir que no le descuenten un día que no ha ido a trabajar, estuviese enfermo o no. A un autónomo, eso no le sirve de nada. Si no ha ido a trabajar ese día, no cobra. Punto.

Y respecto a cobrar un dineral… ejem, la inmensa mayoría de arquitectos que trabajamos como falsos autónomos cobramos por horas, no por objetivos. Básicamente, como un asalariado.

Como mucho, podemos rendir ocho o nueve horas diarias durante cinco días a la semana. Como cualquier asalariado. Con los precios que se pagaban en el sector en los mejores momentos, uno no se podía hacer rico trabajando.

Las cuentas claras

Ante esto, cabe preguntarse: ¿por qué no pedir un contrato laboral? ¿Por qué trabajar de una manera tan precaria si erais conscientes de lo que se os estaba haciendo? Pues porque era la única manera de tener trabajo. Yo mismo, cuando obtuve el título después de largos años peleado con el proyecto final de carrera, pude comprobarlo.

A pesar de mis intentos, me fue imposible conseguir un contrato laboral, incluso asumiendo que, entre retenciones e impuestos varios, perdería dinero a final de mes. Nadie quería tenerme a su cargo en esas condiciones. Y es que para contratar a un arquitecto hay que desembolsar un 30% del sueldo neto que le vayas a pagar, aparte de todas las otras obligaciones legales. Hay que tener a esa persona asegurada, darle una carga de trabajo, poner en su bolsillo las catorce pagas de rigor… una sangría.

En cambio, si ese mismo profesional se contrata como autónomo, sólo había que practicar una retención del 15% en su factura en concepto de IRPF. Nada de catorce pagas, y muchas veces ni siquiera vacaciones pagadas porque no existe obligación de hacerlo. Además, si no protesta, tampoco hay que ser generoso y pagarle los gastos médicos. Ya se espabilará.

De acuerdo, había que pagar un IVA que primero era del 16% y luego del 18%, como en toda relación mercantil. Pero aquí viene lo bueno: estamos hablando de profesionales, y hay que hacer cada 3 meses la declaración de IVA tanto pagado como cobrado (el famosísimo modelo 303). Y ese importe que el empleador ha pagado en concepto de servicios contratados es plenamente deducible aquí.

Fantástico, ¿verdad?

Las cuentas son muy simples: el patrón se ahorra legalmente vía retenciones un 15% (en vez de un 30% por IRPF, aplica un 15%, que puede ser la mitad si el empleado lleva menos de tres años ejerciendo como tal). Además, al trabajar bajo una prestación de servicios, la cantidad que se acababa pagando cada mes era claramente inferior, porque estamos hablando de una relación mercantil, por tanto sujeta a la ley del mercado, no al convenio del sector.

La ley del autónomo económicamente dependiente (TRADE, en la jerga del sector) quiso aportar algo de orden y protección en esta semiexplotación, pero, como tantas otras leyes, vino demasiado tarde.

Para ser exactos, cuando ya la burbuja había estallado y los arquitectos empleadores habían empezado a desprenderse de una fuerza de trabajo a la que primero no necesitaban y luego no podían pagar.

 

SIMÓN CASAS

Fundador del sitio web Kenaria, donde comparte su experiencia como escritor y ayuda a otras personas a dar forma a sus historias. Su último libro, co-escrito con el coach financiero Israel Pardo, se titula “Gana el juego del dinero”.

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