Sus ojos

Lo primero que le llamó la atención de ella cuando la vio por primera vez fueron sus ojos. Y ya entonces le sorprendió ver hasta qué punto la tristeza los invadía. Esa noche, cuando vol­vió a verlos a la luz macilenta de la única farola que permanecía encendida en la calle, le parecieron aún más tristes, algo así como los de un niño que espera, suplicante, que su padre le le­vante un castigo para salir a jugar con sus amigos.

El brillo que­bradizo de aquellos ojos, que él recordaba de un in­tenso color tierra, le confería un aire de desesperación a la mi­rada, re­signada a no encontrar apoyo, endurecida a fuerza de estrellarse una y otra vez contra una esperanza demasiado vana para ser real. Un desánimo, paradójicamente, conforme en cierta manera con lo que le había tocado vivir. Miró al cielo durante un ins­tante que pareció una eternidad, y desapareció de nuevo tras el balcón.

Apenas un par de minutos después, y cuando ya él comen­zaba a sentirse mal a causa del frío, ella apareció en la calle, con la misma mirada triste de antes, pero con una decisión latente pintada en ella; tal vez, ese día no tendría que sentir asco de sí misma.

Con esa esperanza pasó por delante de él, sin prestarle si­quiera atención. Estaba habituada a ver pasar por aquellas calles cientos, miles de ojos, de cuerpos extraños, curiosos, pero, al pasar de largo, el aire helado de la noche le trajo un perfume extraño, y se detuvo una décima de segundo. Los años de oficio habían dejado en ella una serie de manías que, muchas veces, le hacían la vida más difícil. Una de esas singularidades era una extraña sensibilidad al olor de la gente, acompañada de una enorme debilidad por los hombres perfumados.

Algo en su cuerpo se removió ante una fragancia familiar y desconocida a la vez. Una especie de deseo, de anhelo, de nostalgia ante algo que presumía agradable. Pero su paso, movido por la inercia, le llevó calle abajo casi inmediatamente, dejando en su memoria el recuerdo agridulce de todo lo que evocaba aquel suave aroma, y se perdió por las callejas sucias y oscuras en dirección a la Ram­bla.

 

SIMÓN CASAS

Fundador del sitio web Kenaria, donde comparte su experiencia como escritor y ayuda a otras personas a dar forma a sus historias. Su último libro, co-escrito con el coach financiero Israel Pardo, se titula “Gana el juego del dinero”.

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