Diario de un emprendedor (1): ¿Amas la incertidumbre? Si no es así, piénsalo bien

Últimamente, se ha puesto de moda hablar de emprender. Programas de televisión, libros, artículos, leyes… es el tema del año. De hecho, parece que, si no has montado una empresa o tienes un proyecto entre manos para darle una patada en salva sea la parte a tu jefe, no eres nadie.

Todo eso está muy bien, pero ¿de verdad es la panacea?

¿De verdad todo el mundo puede poner en marcha una empresa y lanzarse a la aventura?

No es mi objetivo desanimar a nadie para que se lance a la arena con esa idea que le ilusiona desde hace años, o meses, o semanas. Pero tanto mi experiencia personal como la de otros que han pasado antes que yo por este trance ha hecho que este, y no otro, sea el primer capítulo de esta serie. Porque, no nos engañemos, antes de ponerse a caminar hay que saber si uno está en condiciones de hacerlo.

Y, al menos en lo que se refiere a emprender, la respuesta a la pregunta que he planteado antes es no.

El mundo no es un lugar seguro

Esta frase la escuché por primera vez en un programa de humor de TV3. El contexto era bastante tétrico: un joven bastante perjudicado no tiene mejor idea que dejarse caer desde un balcón en un primer piso. Cuando el periodista le pregunta si se había parado a pensar en las consecuencias de su acto, ésa fue la respuesta que él dio. Y, aunque el programa donde lo vi trataba esta entrevista como un hito freak, la verdad que encierra la frase resume muy bien lo que es la vida. Y, por extensión, el emprendimiento.

Porque, cuando un valiente se decide a montar una empresa, abandona toda seguridad. Es cierto que, en los tiempos convulsos de 2013, la seguridad ya no existe, al menos en el terreno laboral. Pero incluso los que van de trabajo en trabajo sin perder la esperanza de ver esa rara avis que son los contratos indefinidos tienen una cierta seguridad. La de que, mientras dure su contrato, tendrán un horario, un trabajo y un sueldo.

El emprendedor no.

El emprendedor sólo tiene la seguridad de que no tendrá seguridades. De ningún tipo. Su horario no está definido, y lo que en un principio puede ser una ventaja (no tener que fichar a una hora concreta) se convierte en un problema (no tiene una hora de salida).

El trabajo aún está menos definido, porque, si bien es cierto que durante unos días, unas semanas o incluso unos meses tendrá que hacer verdaderos equilibrios para llegar a todo lo que su idea requiere antes de ponerse en marcha, nadie, repito, nadie le garantiza que, una vez hecho todo esto, siga teniendo trabajo. Porque puede pasar que lo que con tanta ilusión ha creado no lo quiera nadie.

Y el sueldo… ay, amigo, ésta es la verdadera incertidumbre. Y aquí es donde entra mi experiencia personal. Mientras uno desarrolla su idea, desengáñese de que alguien le pague por ello. Lo único que uno hace en esa etapa es poner dinero. Unos más, otros menos; todo depende de la idea, de la ambición personal, de los mecenas con los que cuente… pero, en todos los casos, emprender supone, al menos al principio, poner dinero. Y no todo el mundo está en condiciones de pasar seis meses o un año únicamente poniendo dinero, reconozcámoslo.

Lo que yo he vivido

Cuando me decidí a poner en práctica algunas de las ideas que rondaban por mi cabeza, lo hice teniendo claro algo: el músculo financiero que las sustentaba debía permitirme estar varios meses sin ingresar un solo euro. Y la realidad no ha hecho sino confirmar esa hipótesis.

Lo primero que uno necesita es tener una visión de aquello que desea crear. Eso requiere tiempo, a veces mucho. Horas y horas de trabajo poco agradecido y nada pagado en las que uno llena hojas y hojas de papel con esbozos que, en su mayor parte, acaban en la basura. Horas y horas que hacen que, en diez de cada diez casos, lo que finalmente se acaba llevando a la práctica poco o nada se parecerá a lo que inicialmente pensamos con tanta ilusión.

Lo segundo, hay que tener un plan. Un plan para desarrollar la idea surgida del primer proceso; un plan para promocionarla; un plan para financiarla; y un plan para venderla. Y, una vez puestos estos planes sobre el papel, tener muy claro que la vida nos hará modificarlos decenas de veces antes de que acaben viendo la luz.

Lo tercero, hay que tener dinero para llevarla a cabo. Y no basta con capitalizar el paro o pedirle prestado algo a la familia para cubrir los primeros gastos. No. Hay que tener dinero para el proceso de creación, para el desarrollo, para la puesta en marcha… y para pagar las facturas mientras tanto. No sé por qué, es la parte que con más facilidad se pasa por alto en todos esos programas y artículos tan glamourosos que se ven por doquier.

Por lo visto, no es chic decirle a la gente que, si quiere llevar a cabo su sueño, primero han de tener el suficiente dinero como para levantarlo. O la suficiente creatividad para sustituir el dinero que no haya, aunque esto último, no engaño a nadie, es difícil de lograr. Porque, por más que pueda uno tirar de amigos y conocidos que se presten desinteresadamente a echar una mano en nuestro proyecto, llegará un momento en que tendremos que pagar a un experto para que nos ayude en un área concreta de nuestro sueño. O, como me ha pasado a mí en mi aventura empresarial, para hacer bien algo en concreto porque, aun con toda la buena fe del entorno, no ha sido suficiente.

Al lanzarme a la arena buscando un sueño, he visto estos y muchos otros escollos. Y, como dice Trías de Bes en El libro negro del emprendedor, el verdadero emprendedor es aquel a quien lo incierto procura un especial placer. Porque, puedo asegurarlo, poner en marcha una idea es adentrarse en un mundo totalmente nuevo, sin ninguna guía ni ruta prefijada. El camino, más que en ningún otro caso, se dibuja ante nuestros pies mientras lo vamos transitando. Y nadie puede asegurar cuál será el punto de llegada. Si tú que lees este artículo no te encuentras a gusto en esa incertidumbre, puedo decirte que este camino no es el tuyo.

Pero, de la misma manera, puedo decirte que no por eso eres menos que el que se atreve a andarlo. Ni mucho menos. De hecho, la persona que va a su trabajo cada día y aguanta un jefe tirano, unos compañeros pasivos o unos clientes malcarados me merece tanto o más respeto que el emprendedor puro y duro. Porque hace falta estar hecho de una pasta especial para soportar con una sonrisa en la cara a una persona que se cree en posesión de la verdad absoluta sólo porque paga. Yo no sería capaz de ello, lo puedo asegurar.

Ningún camino es mejor o peor que otro

A modo de conclusión, quiero dejar muy claro que emprender es una tarea que lleva a la persona a un mundo sin asideros, sin referencias, sin seguridades de ningún tipo. Si uno no tiene realmente claros los objetivos, o si no cuenta con el músculo financiero necesario para aguantarlo durante al menos un año, es preferible que se retire discretamente de la carrera. Y nadie se lo reprochará; tan valiente es el que da un paso adelante como el que da un paso atrás reconociendo que no se ve con fuerzas.

Emprender es como cualquier actividad en la vida: requiere unas determinadas habilidades que no todo el mundo tiene, pero eso no es ni bueno ni malo. No todo el mundo puede correr los 100 m lisos en menos de 10 segundos; yo no puedo, pero en cambio sí puedo llevar a cabo la ingente tarea de investigación que se esconde tras un libro como ‘Y ahora qué hacemos’, del que os he hablado en muchos posts de este blog. Para mí, es algo totalmente natural, y mucha gente de mi entorno se asombra de que sea capaz de hacerlo. Ellos, dicen, son incapaces, pero en cambio tienen cualidades que a mí me parecen estratosféricas.

Todos somos buenos en algo. Para emprender, hay que ser bueno en la gestión de la incertidumbre. Si eres de esos afortunados, en próximas semanas seguiré desgranando algunos tips que todo emprendedor se encuentra en algún momento de su vida.

Bienvenido al mundo de la incertidumbre.

Andres Castro

ANDRÉS CASTRO

Escritor especializado en temas de marketing y emprendeduría. Colabora en Kenaria en la sección “Siguiente nivel

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