¿Vivir en un contenedor?

Solemos pensar a menudo que todo está inventado y que no es posible hacer las cosas de otra manera. Esta mentalidad, trasladada al mundo de la arquitectura, se traduce en esquemas habitacionales que permanecen invariables desde hace décadas, por decirlo suavemente. En la década inmediatamente anterior al estallido de la burbuja inmobiliaria, era prácticamente inviable no ya cambiar estos esquemas, sino siquiera plantearse tal opción. Después del erial en que el sector ha quedado tras la orgía, tal opción no sólo parece viable, sino descabellada, al menos para quien, en mejores años, despreciaba la innovación porque el dinero entraba a raudales sin el menor esfuerzo, mientras que ahora lo único que entra es aire y el dinero se ha esfumado.
Y, sin embargo, ahora es precisamente cuando innovar y revisar las viejas estructuras es más necesario (y útil). Empezando por la propia manera de vivir. El ser humano se ha civilizado tanto que ha olvidado que, antes de vivir en chalets clonados, lo ha hecho en cientos de lugares diferentes. De hecho, en Alemania una misma palabra sirve para designar una manta y una cubierta (de edificio), prueba de lo básico de vivir bajo techo. Y por ello existen, desde hace décadas, propuestas aparentemente radicales como la de utilizar contenedores de mercancías para vivir en ellos.


¿De verdad es tan radical? Bueno, puede parecerlo si atendemos exclusivamente a su aspecto. Es verdad que no parece el lugar más acogedor para vivir, pero no lo es menos que cualquier estructura a medio terminar que podamos ver por las calles de nuestras ciudades o carreteras. Sin embargo, de la misma manera que revestimos esa estructura con ladrillos, vidrio, madera, aluminio, y así hasta un largo etcétera, podemos variar la apariencia del contenedor original y convertirlo en algo sorprendentemente distinto. Pero estoy olvidando, casi deliberadamente, las principales ventajas competitivas que tiene un contenedor modular sobre la construcción tradicional: la modularidad, la ligereza y el abaratamiento de costes. Pasemos al detalle:
Modularidad
La historia de los contenedores es larga y prolija, pero el estándar actual para el transporte y almacenaje provisional de mercancías data del año 1950, en el cual Malcolm McLead patentó el modelo que ha llegado hasta hoy. Los principios básicos del diseño fueron optimizar al máximo los tiempos de carga y descarga y permitir su acumulación en altura. Así, los contenedores que diseñó se podían colocar separadamente en los camiones, con lo que los productos pasaban del barco directamente sin necesidad de abrir, vaciar, llenar y salir, y los tiempos se redujeron de manera ostentosa. Además, al poderse apilar, la capacidad de los puerto aumentó exponencialmente, aunque de manera indirecta los barcos se vieron obligados a aumentar de tamaño y prestaciones para poder hacer frente a esta circunstancia. A pesar de las reticencias de los estibadores, que veían peligrar sus puestos de trabajo, el uso de estos contenedores redujo tiempos, a la par que permitía mantener en mejores condiciones la mercancía y limitar su robo. El resto, ya lo conocemos.
Actualmente, existen 3 tipos de contenedores, con una anchura constante de 8 pies métricos (aproximadamente 2,40 m) y tres longitudes diferentes de 20, 40 y 45 pies (unos 6, 12.2 y 13.7 m). Aunque están hechos de acero, nada impide hacer aberturas en ellos, lo que convierte una caja oscura e inhóspita en algo mucho más agradable. Además, la posibilidad de adosarlos unos a otros permite obtener, ampliando estas aberturas, unos espacios diáfanos de gran calidad, perfectamente aptos para vivir en ellos.
Ligereza
De acuerdo, un contenedor ISO como el que os he presentado no es precisamente ligero, pero, si lo comparamos con la misma estructura hecha, por ejemplo, de hormigón, la diferencia es notable. Sólo un dato para los no iniciados: la resistencia a compresión del acero es unas 10 veces superior a la del hormigón (es decir, si nos sentamos sobre un pilar de acero hará falta 1/10 de superficie para aguantarnos con total seguridad). A tracción es muy superior (recordemos que las vigas de hormigón van reforzadas en su interior con acero; el hormigón es piedra machacada, y todos sabemos que la piedra no resiste bien los esfuerzos horizontales).
Con ser importante, esta no es la única funcionalidad del conjunto: los contenedores están diseñados y dimensionados para poder apilarse unos sobre otros, lo que nos ahorra el diseño de una estructura portante. Existen, incluso, piezas especiales que hacen las veces de cimentación. El impacto ambiental de este conjunto puede ser tan ínfimo como queramos, y si un día queremos llevarnos nuestra casa a otra parte, el desmontaje es tan fácil como lo fue el montaje, e infinitamente más ecológico de lo que pueda ser el derribo de una edificación convencional.
Ahorro de costes
He sentido la tentación de fundir este párrafo con el anterior, porque en realidad es una consecuencia directa del mismo. Pensemos en una estructura que puede quedar implantada en un solo día dependiendo del tamaño y la complejidad de la misma, y que además puede ser reciclada. Al ser autoportante, el coste se reduce en la partida más cara de todas, la estructura, y así se puede destinar algo más de dinero a mejorar la calidad de los acabados y del espacio resultante.

 

SIMÓN CASAS

Fundador del sitio web Kenaria, donde comparte su experiencia como escritor y ayuda a otras personas a dar forma a sus historias. Su último libro, co-escrito con el coach financiero Israel Pardo, se titula “Gana el juego del dinero”.

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